Poner el cuerpo y escuchar las voces

Niña mamá (2019) de Andrea Testa


Ene 21, 2021

TAMAÑO DE LETRA:

La cámara se posiciona y vemos el plano medio de una adolescente, asumimos de no más de 15 años, sentada detrás de un escritorio. Escuchamos una voz, tal vez una médica o una psicóloga, que le pregunta si alcanzó a hacerse los estudios, si sabe de cuánto está, si se imagina qué sucederá después del parto, si pensó en no seguir adelante con el embarazo. Siguiendo atentas, oímos a la adolescente responder a cada una de las preguntas de frente y sin mirar a la cámara. Luego de la escena, un corte. Pasillos de hospitales atiborrados de personas, trajín de médicos, sonidos metálicos característicos. Otro consultorio, la voz de otra profesional, otro rostro joven.

Algo cambió en Argentina desde que se filmó Niña mamá (Andrea Testa, 2019). Lo que antes era lucha y militancia, hoy se convirtió en ley. De todas formas, sabemos que aún nos quedan caminos por seguir recorriendo y, sobre todo, estar atentas y atentos a que la ley se cumpla. Más allá de un contexto actual un poco más promisorio y esperanzador, de lo que el filme da cuenta es, justamente, una realidad que existe, existió y existirá. El equipo de filmación —asumimos ínfimo por la intimidad que generan ante ciertas situaciones— capta, en un blanco y negro certero y a través de primeros planos, relatos en primera persona. Quienes narran son, en su mayoría, niñas, apenas adolescentes. En menor medida, adultas. La cámara está fija. Las locaciones elegidas son siempre los interiores de hospitales públicos que, sabemos por los créditos, son el Paroissien y Bocalandro, ubicados en el conurbano bonaerense. Obstetricia y ginecología, pediatría, asistencia social, entre otros, son los sectores de los hospitales donde se aloja la cámara. Los relatos que atraviesan Niña mamá abordan un tema en común: la maternidad. Deseada o no. Interrumpida o llevada a cabo. A los tumbos y sin experiencia; con experiencia prematura en otros. Esto conlleva a que aparezcan cuestionamientos, relacionados con la decisión sobre nuestros cuerpos o el rol social impuesto a las mujeres, que presionan ciertas elecciones.

Pero no estaríamos siendo justos con el filme si mencionamos que solo retoma la importancia de poder decidir la interrupción de un embarazo. Lo hace, claro, pero no ronda solamente esa cuestión. Más allá de poner de manifiesto la importancia de los derechos reproductivos y sexuales de mujeres y cuerpos gestantes, enmarcados en la salud pública, también da cuenta de que hay violencias que forman parte de un sistema estructural mayor.

Y elige ser narrado por cierto sector de la sociedad al que generalmente se estigmatiza y se pone en tela de juicio, más cuando de embarazo adolescente se trata. No solo es el prejuicio, sino también que, en nuestro feminismo blanco, ilustrado y clasemediero, muchas veces hablamos por otras, por esas otras que menos recursos tienen. Niña mamá elige darles voz a ellas.

A las preguntas de médicas, aunque mayoritariamente de asistentas sociales —todas, mujeres—, las protagonistas responden, con la fluidez y la entereza que la situación les permite, sobre el proceso de sus embarazos, por qué decidieron ser madres y cómo se imaginan sus vidas luego del parto. Algunas se posicionan en contra del aborto. Otras optaron por abortar, filmadas en estos casos de espalda o de medio perfil, quizás para resguardar su identidad: en ese momento, incluso cuando las causales eran avaladas por la ley, las mujeres en Argentina aún corríamos riesgo de ir presas por la práctica de un aborto, clandestino o no. Más allá del posible escarnio social, lo que mayormente se reitera en sus relatos es el miedo a la muerte. Aquí la distancia de clase nos revuelve las tripas, porque sabemos quiénes son las más vulnerables. Sin embargo, muchas de ellas no se posicionan a favor de la legalización del aborto. Esas contradicciones también son presentadas en el filme.

La cámara toma los rostros de las protagonistas y se ubica de espaldas a la persona que las está entrevistando. No hay adultos o adultas que acompañen a las niñas. Si los hay, la decisión fue dejarlos fuera de campo. En su mayoría, la red que las sostiene es de mujeres. Pero hay desamparo en los cuerpos, hay soledad. Los hombres son fantasmas que nombran, ordenan, algunos ejercen violencia. Ellos no aparecen a cuadro, son más bien una presencia simbólica evocada a través de los relatos. Quizás sea el recurso del blanco y negro o tal vez los planos largos que captan varias preguntas y respuestas abarcando la totalidad de la escena; el uso de la luz y los claroscuros, sutilmente calculados en cada plano; seguramente sea la cámara fija. Lo que se logra con estos recursos es filmar con cierta precisión, de manera tal que testimonios extremadamente duros no caigan en el lugar común como tampoco en el golpe bajo. De la misma forma que la cámara filma el relato de un embarazo no deseado, filma el primer plano del rostro de una mujer en trabajo de parto. De la misma forma que filma el relato de una madre que abandona, filma a otra apañando a su hijo. El correlato de escenas que devuelven testimonios crudos logra un documental que no juzga, sino que comprende y, además, toma posición sin descuidar la forma. Y sin dejar de lado lo sensible. Quizás el mejor ejemplo de eso sea la decisión de colocar la cámara y dejar el plano sin ningún corte, sin planos y contraplanos, durante las consultas médicas, en la sala de partos, en el cuidado de los hijos dentro del hospital cuando las madres están prontas a irse. La cámara al servicio de la imagen —cuidada— y al servicio de la escucha. De esta manera protege, también, a sus protagonistas.

Si en Pibe Chorro (2016) Testa abordaba la violencia sistemática y estructural a la que se ven sometidos adolescentes de los sectores más marginales de la sociedad, en Niña mamá otorga voz al mismo sector etario, pero del sexo opuesto. Esta vez rondan otras preguntas: ¿Cómo es posible que niñas, apenas adolescentes, no tengan la información necesaria para decidir sobre su salud sexual y reproductiva? ¿Qué permitimos como sociedad para que siga pesando la moral religiosa sobre los cuerpos? ¿Cómo seguimos aceptando a niñas madres? ¿Por qué nunca antes escuchamos sus voces, vimos sus cuerpos expuestos? Algunas producciones audiovisuales, donde estética y política se entremezclan, producen una redistribución de lo sensible. Lo sensible entendido como todo aquello que atraviesa los cuerpos, otro de los elementos fundamentales en el filme. No solo por las corporalidades expuestas en la pantalla, sino también por lo que produce sensorialmente en quienes estamos del otro lado. Al darles voz, se reparte el disenso de aquellos que menos voz tienen, reconfigurando la experiencia sensorial dentro de un espacio-tiempo determinado; de esta manera, visibilizan a sectores poblacionales vapuleados que estaban relegados del reparto de lo sensible, dando lugar a prácticas estéticas que logran reales políticas estéticas.[1]

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • The Viewing Booth
  • Elmer Gantry_2
  • After Yang
  • Memoria
  • Diarios de Otsoga

NOTAS Y REFERENCIAS:
[1] Jacques Rancière, El reparto de lo sensible: Estética y política, Chile, LOM Ediciones, 2009 y Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas, Barcelona, MACBA, 2005.