Del desenfoque placentero

Taekwondo (2016) de Marco Berger y Martín Farina

TAMAÑO DE LETRA:

I


«¿Quién es el chiquito de ojos claros?», pregunta su madre a Fer. «Germán, un amigo de taekwondo. Vino varias veces a casa, vos lo viste, ¿no?», responde el muchacho. La señora recuerda a Germán, pero su sorpresa no disminuye. Ella pensó que, en el spa convertido en casa de verano, su hijo se divertía con sus amigos de la infancia: Diego, Juan, Leo, Lucho, Maxi, Tomás y Fede. Fernando proporciona una explicación que presenta a Germán como un buen amigo y el tema queda en segundo plano, aunque en la audiencia el impacto de la revelación persiste: Germán y Fer tienen una relación más cercana de la que aparentan frente al grupo.

La sensación de desconcierto aumenta cuando nos damos cuenta de que, al igual que el grupo de amigos, nosotros tampoco sabemos gran cosa de Germán. Escuchamos que comenzó los estudios de arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, pero los abandonó para seguir su vocación, el dibujo. También vimos que el chico comparte intereses con su anfitrión, especialmente su amor por la apreciación visual, y que mediante miradas furtivas se han cartografiado: brazos bronceados, torsos picados por mosquitos, pieles húmedas por tantas horas de diversión en la alberca. Se han grabado en la retina del otro.

A pesar de que el deseo es palpable y que Fer y Germán tenían una idea de lo que esperaban que sucediese en el verano —el acomodo de los cuartos y la aceptación de la invitación son prueba de ello—, ninguno da el primer paso. Lo anterior es comprensible, uno de los dolores más temidos por la humanidad sigue siendo el rechazo del objeto del afecto, y prácticamente no quedaría nada de la industria musical si elimináramos las canciones de desamor o de amores obsesivos. Ante la imposibilidad de verbalizar sus intenciones, los muchachos recurren a otro vehículo de comunicación: sus cuerpos.

II


«Yo de hecho pienso que hacen una linda dupla karateca», declara Diego para romper la tensión que se generó después de encontrar a Fer contemplando a Germán y preguntarle «¿Qué con Germán?». Una vez más, el protagonista es incapaz de articular sus sentimientos, pero su risa nerviosa y su reacción apenada nos sirven como respuesta. El nerviosismo característico del enamoramiento es el que permea en el grueso de las interacciones entre los taekwondoínes. De hecho, aunque en la casa solo hay nueve chicos, escena tras escena vemos a un décimo invitado: la tensión sexual que prácticamente inunda todas las estancias donde los cuerpos son bañados por el sol, como la alberca, la cancha, el jardín, el baño y los cuartos con grandes ventanas.

Marco Berger y Martín Farina crearon una cinta llena de ambigüedades, sugerencias e incitaciones donde prima la idea de naturalidad sobre grandes diálogos o un guion elaborado. Narrativamente, Taekwondo (2016) es simple. Nueve amigos se reúnen y se entregan al placer, pero entre dos de ellos existe una tensión sexual que crece con el transcurso de los días gracias a la camaradería emanada de la libertad del aislamiento, del baño compartido, de una toalla floja, del calor que favorece que los chicos anden sin playera por la casa… Así se presentan los fotogramas y se diseccionan los cuerpos para hacer avanzar la narración sin necesidad de palabras —una de las principales inquietudes de la dupla argentina—. A través de las imágenes se refuerzan las historias y las inquietudes que cuentan los chicos: Fede prácticamente sorbe un huevo estrellado con un bolillo y sus manos mientras escucha el sueño erótico en el que Juan realizó toda clase de sexo a una chica.

La contemplación es la constante de la dinámica entre Fer y Germán. A diferencia de los otros chicos, que hablan libremente sobre sus deseos, fantasías e inquietudes, los deportistas se frenan. Avanzan lento. Se roban miradas. Buscan momentos para estar solos. Sus cuerpos se tocan únicamente en el juego y sus pieles solo se rozan en la intimidad y el anonimato de la noche o en la privacidad de la tina de hidromasaje. Lo anterior no deja de ser paradójico; en contraste con los espacios abiertos, las despreocupadas declaraciones de los demás —Fede y la paternidad, Diego y Maxi y la infidelidad, Juan y el sexo sin protección— y el aura de relajación que se respira en la casa de verano en la que los habitantes ceden a sus instintos primarios —comer, dormir, jugar, descansar, fantasear—, Fer y Germán se contienen.

III


«¿Te puedo dar un beso?», pregunta una figura a contraluz.

A través de la mirada, podemos obtener placer. La potencia erótica de las imágenes está clara para los realizadores de cine que no han perdido la oportunidad de erotizar el cuerpo femenino, fuente de gozo constante para los espectadores. En 1975, Laura Mulvey cuestionó la situación al señalar que, al igual que el trabajo, la estructura narrativa se rige por una división cisgénero, heterosexual y binaria: activo (hombre) y pasiva (mujer). Así, mientras la mujer encarna la pasividad y su cuerpo existe para ser exhibido en satisfacción de la audiencia, la corporalidad masculina no puede soportar la cosificación sexual. «El hombre se resiste a contemplar su aspecto exhibicionista».[1]

En este tenor, Taekwondo es subversiva: encuentra placer en la naturalidad[2] del cuerpo masculino y presenta su mayor desafío con el infame plano Berger: la cámara colocada a la altura de la cintura del reparto para enfocar su genitalidad, rompiendo con la mística falocéntrica.[3] De esta forma, Berger y Farina rompen con la gran renuncia masculina[4] y ponen al centro una mirada periférica: muslos, axilas, pechos, pies, brazos, vellos; nos dejan claro el punto de vista de quien narra la historia y no es gratuito que el único cuerpo que no se erotiza en la cinta es el de Germán, presumiblemente el único homosexual del grupo.

Al existir correspondencia entre el lugar de enunciación y el producto cultural, Taekwondo es más honesta que otros ejercicios que terminan en miradas apropiantes, estigmatizantes o de codificación queer. La sinceridad que permea el relato culmina, en la frialdad de la noche, con un recorrido por los lugares que habitamos durante el verano: piscina, jardín, casa. En la cancha, la cámara nos coloca detrás de dos sombras. Se escucha una pregunta. La tensión sexual acumulada explota. El encuentro de los amantes se suma al concierto nocturno.

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • El poder del perro
  • Adios al lenguaje-2
  • Noticias de casa
  • Los espigadores y la espigadora
  • La mano

NOTAS Y REFERENCIAS:

[1] Laura Mulvey, «Visual Pleasure and Narrative Cinema», en Screen, vol. 16, núm. 3, otoño 1975, p. 12.

[2] Si bien en las plataformas de streaming son cada vez más las series y películas que muestran el pene sin tapujos —Euphoria (2019-2021), Merlí: Sapere Aude (2019-2021), Lady Macbeth (William Oldroyd, 2016)— el académico estadounidense Peter Lehman señala que el grueso de los genitales masculinos que aparecen en las producciones del siglo xxi son prostéticos, en aras de mantener la mística falocéntrica. Para más información, véase «More penises are appearing on TV and in film — but why are nearly all of them prosthetic» en The Conversation. {Consultado en línea por última vez el 13 de diciembre de 2021}.

[3] En Running Scared: Masculinity and the Representation of Male Body, Peter Lehman concluye, entre otras cosas, que más allá de las bromas sobre su tamaño, el pene permanece cubierto por un halo de misterio en los productos culturales para mantener la idea de majestuosidad y perpetuar su poder en las dinámicas cotidianas.

[4] John Carl Flügel postuló en 1934 que, con el ascenso de la burguesía, el sistema de valores cambió y con ello la representación del poder. A diferencia de los hombres nobles que decoraban sus cuerpos con estoperoles, pelucas, maquillajes, lunares falsos, etcétera, para demostrar su estatus, los burgueses se concentran en tareas que reproducen el capital y para ello requieren una indumentaria práctica. Fue durante este periodo que los hombres renunciaron a ser objeto de deseo y convirtieron a sus esposas en los escaparates para demostrar su poder adquisitivo: John Carl Flügel, «Diferencias sexuales», en Psicología del vestido, España, Melusina, 2015, pp. 91-108.