Nostalgia y luz de la palabra


Por Paola Fuentes

Nostalgia y luz de la palabra


Por Paola Fuentes

 

TAMAÑO DE LETRA:

La palabra pasa por el intelecto,
por las emociones y por el cuerpo.
Marcela Sabio

La palabra rompe silencios, visibiliza historias,
propias, ajenas y posibles.
Paola Fuentes

Hablar de narrativas es hablar de un universo inagotable, plagado de historias que se encuentran, de emociones que se cruzan y conocimientos que se generan con el otro.

Es un encuentro de almas,[1] de nostalgias, como bien lo refiere el título del filme que representa metafórica y magistralmente los alcances de la narrativa: Nostalgia de la luz (2010), un viaje a través del espacio, del desierto y de las ausencias, cuya guía está a cargo de astrónomos, mujeres y arqueólogos; su punto de encuentro: la búsqueda. Los astrónomos buscando estrellas y constelaciones; las mujeres buscando a sus desaparecidos; los arqueólogos buscando rastros del pasado, del que somos parte a cada segundo. Tres búsquedas distintas pero que al final, logran un increíble cruce de subjetividades, un intercambio de nostalgias generado gracias al poder de la narrativa, presente ya desde el título mismo de la película, los escenarios, la música y las increíbles imágenes que la acompañan, convirtiéndose en un todo que va hablando junto con lo enunciado por el narrador y los testimonios presentados. Un todo capaz de crear una sensible atmósfera que transmite lo que cuenta, haciéndonos mirar más allá de lo visible, lo cual prueba la potencia de la narrativa desde todas estas plataformas, pues da cabida a una doble posibilidad: por un lado, leer o construir una narrativa a partir de las imágenes, y por el otro, crear imágenes a partir de la narrativa; este viceversa es maravilloso, sobre todo por la relación que guarda con la magia lograda por la narración que suscita este ejercicio creador capaz de generar historias e imágenes en la mente de los espectadores.

Es por eso que Nostalgia de la luz, que desarrolla su trama principalmente a partir de entrevistas, es un claro ejemplo del poder que posee una metodología narrativa en el camino de los investigadores, cuya condición permanente es también la búsqueda, que con cada hallazgo provoca nuevos hallazgos, nuevas interrogantes, las cuales realizaremos en nuestros universos y desiertos particulares, en esos lugares, cualesquiera que sean, que nos proporcionen la mayor trasparencia para el esclarecimiento de los cuestionamientos y el conocimiento del otro.

Investigar con una metodología centrada en la narrativa denota con fuerza que la investigación es «una construcción social, un producto de interrelaciones humanas»,[2] lo que convierte a la entrevista en un elemento clave en la investigación, dado que es el escenario en el cual son generadas estas interrelaciones. En ese sentido, la entrevista está muy lejos de ser una simple técnica, término al que se le había reducido; la entrevista es una construcción, una epistemología creada con nuestros sujetos de investigación, pues como afirma la Dra. Norma Gutiérrez, se construye conocimiento «ya no sobre el otro, sino con el otro.»[3]

Las narrativas generadas en la entrevista, no solamente se componen de palabras, sino también de contexto, sonidos, gestos, imágenes y silencios;[4] la narrativa es un todo, como lo muestra el relato de la propuesta cinematográfica que cuenta desde lo sonoro, lo visual, los simbólico, lo verbal, lo escénico y lo ambiental; al respecto, Garay afirma:

En la historia oral lo no dicho, los silencios, lo implícito, lo invisible, el lenguaje corporal, constituyen las incógnitas esenciales de la investigación (…) La trascendencia de la comunicación corporal, dentro del acto comunicativo de la historia oral, en la transmisión de lo subjetivo, de lo individual y de lo simbólico.[5]

Esta coproducción de conocimiento, como resultado del intercambio intersubjetivo dado en la entrevista, implica un proceso generador de reflexión, tanto por parte del entrevistador como del entrevistado, para quien responder a las preguntas sobre sus prácticas cotidianas, provoca un ejercicio de introspección, un acto de redescubrimiento y de reconocimiento, lo cual queda maravillosamente reflejado en su narrativa, por lo que es menester de los investigadores estar preparados y mirar más allá de lo visible[6] por medio de nuestra propia sensibilidad, capacidad de análisis y reflexión, que en este sentido sería una metareflexión. Al respecto, retomo a Ronald Fraser quien afirma:

(…) La persona que conoce de antemano lo que quiere saber, acabará, si hay suerte, sabiendo sólo eso; y, si no hay suerte, sabiendo en verdad muy poca cosa. Porque el corazón de una entrevista en torno a la historia de una vida es descubrimiento, y uno descubre la vida del otro al escuchar; es ese viaje a lo desconocido lo que emociona.[7]

A raíz de la importancia que tienen las narrativas en este sentido y dado su carácter de productoras de teoría y conocimiento, me pregunto ¿quiénes son los narradores que hacen uso de la palabra?, ¿cuáles son las historias que se cuentan?, y ¿de dónde surgen estas historias? Descubro que todos somos narradores, todos tenemos historias que contar, y eso que se cuenta surge como reflejo de la vida misma; Alexiévich da cuenta nuevamente de ello cuando afirma:

Algunas de estas mujeres son narradoras extraordinarias, en sus vidas hay páginas capaces de competir con las mejores páginas de los clásicos de literatura.[8]

Narrar es una necesidad, nos resulta imperante dar nuestra versión de la historia, no solamente para enumerar hechos, sino para compartir todo aquello que nos trastoca con el paso de los sucesos, tal como sugiere Ramón Vera-Herrera:

Pero desde el fondo de los pueblos, de sus comunidades, hay quienes, hay modos de, hay miradas que, hay un amor común el cual, hay la historia, las historias. Historias que siguen caminando desde el confín de los tiempos para mostrarnos que el mundo somos todos esos, todas esas, todas eses que acumulados, encimados, nos vamos pasando la palabra remota, el suceso, el sueño, el principio, la responsabilidad de cuidar el mundo, de asumir la responsabilidad de cuidar la vida, de cuidar el sentido y la transformación. Y que no hay otra manera sino compartir, relatarnos mutuamente, reflexionar entre la tanta gente, crearnos de ida y de vuelta.[9]

Es así como en este ensayo he intentado plasmar la importancia de la narrativa y crear una analogía entre el eje de la maravillosa película Nostalgia de la luz y el quehacer de la investigación, destacando lo indispensable que resulta, en ambos escenarios, el dar voz a nuestras historias, a historias que les sucedieron a otros, o que nunca sucedieron pero podrían parecerse a la nuestra o simplemente tocan alguna fibra de nuestro interior. Es hacerlas perceptibles, y darles un soplo de vida a partir del cual es posible construirnos mutuamente, transformarnos y transformar la realidad. De este modo, lo mismo que en el filme escuchamos y miramos la narrativa de un pedazo de vida de los entrevistados presentados, los investigadores estamos haciendo audible también la historia de nuestros sujetos de investigación como narradores de sí mismos que «no sólo son testigos, son actores y creadores»,[10] estamos visibilizándolos y reconociéndolos como agentes generadores de conocimiento; estamos validando su relato, estamos, en sentido contrario, llevando los relatos hacia el papel protagónico que les corresponde en la historia. Al final, con la misma nostalgia, narrativa cinematográfica e investigadores, estamos contando historias, pero con sentido. 


NOTAS:
[1] «Las tengo delante y a muchas de ellas las veo escuchado su alma. Escuchan el sonido de su alma» (Svetlana Alexiévich, La guerra no tiene rostro de mujer, México, Penguin Random House, Grupo Editorial, p.16).
[2] Norma Gutiérrez, Repensar la relación investigador-sujeto. Pautas para resignificar la investigación educativa, en Revista de Educación, Núm. 2, México, p.13.
[3] Ibíd.
[4] «Las palabras, como el silencio, son el texto» (Svetlana Alexiévich, op, cit., p.24).
[5] Graciela De Garay, Cuéntame tu vida, México, Instituto Mora, p.8.
[6] «Cada vez me convierto más en una gran oreja, bien abierta, que escucha a otra persona.» (Svetlana Alexiévich, op. cit., p. 14).
[7] Citado en: Graciela De Garay, Cuéntame tu vida, México, Instituto Mora, p.19.
[8] Svetlana Alexiévich, op. cit., p. 14
[9] Ramón Vera-Herrera, “Si la globalidad fuera total, no imaginaríamos, como ahora, la salida”, en Con ojos bien abiertos: ante el despojo, rehabilitemos lo común, México, Cátedra interinstitucional, p.30.
[10] Svetlana Alexiévich, op. cit., p. 18.