Trazos de una infancia

Entrevista a Carla Simón


Por Correspondencias 

Trazos de una infancia

Entrevista a Carla Simón


Por Correspondencias 

 

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En 2017 se estrenó Verano de 1993, una película que deslumbró por la sutileza con que retoma la mirada infantil para elaborar el tema de la muerte, las pérdidas y el crecimiento. Charlamos con Carla Simón, su realizadora, que nos dio algunas pautas que la llevaron a la construcción de esta, su primera cinta.


En Verano de 1993 las niñas siempre entreven, es decir, miran a escondidas desde las puertas, ventanas y pasillos; como marginadas del «mundo adulto». En ese sentido, ¿cuál es la propuesta cinematográfica que tiene la película sobre la infancia?

Para empezar, los niños son más bajitos, ven el mundo desde esa perspectiva y no desde la de los adultos. Yo recuerdo esa sensación de pequeña al escuchar ciertas conversaciones de los adultos, que a lo mejor no terminas de entender, y que sin embargo quieres saber. Esa sensación de espiar a los adultos yo la tenía mucho y creo que, como decidí contar todas las cosas desde el punto de vista de Frida, era esencial mostrarlo así.

La película tiene ciertos trazos autobiográficos, ¿cómo fue filmar tu propia infancia, recuperar las sensaciones, pero también inventar algunos elementos?

Al contar mi historia, todo en la película parte un poco de mis recuerdos, que luego están muy ficcionados. Empecé haciendo una versión más desde las emociones y los sentimientos que recordaba, o que me habían contado mis padres, también inspirándome en las fotos de cuando éramos pequeños, y todo lo puse junto. Fue como recopilar los recuerdos, pero pasaba que no tenían un argumento claro, entonces ahí entró todo el proceso de ficción en que tuve que leer mucho de psicología infantil para entender un poco los métodos de adopción, o bien, lo que entiende un niño sobre la muerte. Con todo eso fui dibujando el viaje emocional de Frida; ahí hay tres o cuatro escenas que pasaron realmente, pero mucho es ficción. Jamás escondí a mi hermana en el bosque, aunque me hubiera gustado (risas).

Hay un fenómeno muy interesante en tu película: parece que retratas un mundo con vida. Los sonidos, las reuniones familiares que se muestran sin que haya objetivos específicos, tan solo conviviendo. ¿Cómo fue darle consistencia al ambiente de la película y llenar las casas de vida interior?

Tenía muy claro que la película tenía que estar llena de eso. Me gusta ese tono de cuando tienes la sensación de estar espiando o viendo un trozo de vida de una familia. Decidí entonces pasar por un trabajo muy intenso con los actores para llegar a eso, y que las relaciones fueran de verdad. Y luego tiene que ver con cómo decidimos rodarla: planos largos donde dejábamos que la acción se desarrollara frente a la cámara. Creo que sobre todo conseguimos el tono a partir del trabajo con los actores y luego que la cámara se adaptara a ello, pero más allá de que sea mi historia, quise ese tono naturalista.

¿Qué te llama la atención de las dinámicas familiares?

Yo siempre digo que tengo una familia muy grande, y que en realidad he llegado al cine un poco por la familia y las historias que hay en ellas. Es un poco lo que he vivido y lo que conozco. Me gusta mucho retratar esa cotidianidad, y de hecho en la película siempre hay esa dualidad entre escenas más cotidianas en que parece que no pasa nada, y otras escenas donde parece que hay más drama, lo que permite que se mueva el argumento de la película. Pero yo disfruto mucho filmando en las que parece que no pasa nada.

¿Cómo fue el método de trabajo actoral con las niñas?

Fue largo. Lo primero fue el casting donde buscábamos niñas que pudieran parecerse a los personajes que imaginábamos, entonces yo les hacía muchas preguntas personales. Fue más fácil trabajar a partir de ahí. Lo que hicimos fue pasar mucho tiempo juntos: los adultos y las niñas, haciendo cosas muy cotidianas como comprar, cocinar, dando una vuelta… luego improvisamos momentos previos al verano de 1993, para crear no-recuerdos compartidos entre los personajes, y llegar al momento de la película ya habiendo vivido algo. Digamos que íbamos tejiendo las relaciones para crear esa intimidad, y que, al llegar al set, esas relaciones existieran de verdad. Las niñas nunca leyeron todo el guion, yo no quería que se memorizaran todo; lo que hicimos fue pasar dos semanas en la zona donde rodamos, y ahí estuvimos ensayando todas las escenas de la película, para que ellas supieran lo que íbamos a hacer, porque al final rodamos pocas semanas, entonces teníamos un ritmo un poco rápido. Ya luego en el set no hablábamos mucho de emociones o de la historia. Íbamos escena por escena, y yo hablaba mucho durante las tomas e iba guiando a las niñas en cosas muy concretas. No hay un método determinado, sino muchos que fuimos probando para conseguir eso, pero sobre todo era encontrar el equilibrio para que tuvieran libertad para moverse dentro de la película, pero también siguiéramos el guion.

¿Cuáles son algunas de las referencias con que elaboraste la película?

Siempre digo que, a nivel de tono, vestuario y encuadre, mis referentes principales son las fotos de cuando éramos pequeños, pero es verdad que hay muchas películas como El espíritu en la colmena de Víctor Erice o Cría cuervos de Carlos Saura, que son dos cintas españolas que retoman la infancia. Me gusta mucho el cine de Lucrecia Martel, Claire Denis, La maravilla —una película italiana—… hay muchas referencias, pero no sé si se trasladan a la pantalla o no.

Ahora que mencionas tu gusto por películas de realizadoras, ¿consideras que las mujeres tienen una forma distinta de filmar? No biológicamente, evidentemente, pero por su posición en el mundo.

Sí creo que existe una sensibilidad femenina. No sé si es igual en todas las mujeres, pero sí creo que ahí hay algo en la forma de retratar el mundo, los personajes femeninos y también los masculinos —aunque a mí me sale más fácil retratar personajes femeninos—.

¿Cómo entiendes el cine desde tu película?, ¿es un proceso de aprendizaje, de vínculos o expresivo?

Yo creo que el cine es algo que te hace crecer, observar la vida de una manera mucho más profunda. El hecho de retratarla te hace mirarla con un detalle que de otro modo no te fijarías. En mi caso me ha hecho crecer mucho, desde descubrir cosas de mi vida personal que antes no me había planteado, hasta la responsabilidad que implica dirigir todo un equipo, tomar decisiones y todo eso que, cuando lo haces por primera vez, es un empujón enorme.