El misterioso lenguaje de las imágenes

Los tiempos felices llegarán pronto, de Alessandro Comodin


Por Jessica Romero

El misterioso lenguaje de las imágenes

Los tiempos felices llegarán pronto, de Alessandro Comodin


Por Jessica Romero

 

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…El tiempo real no se limita al tiempo presente,
ni el espacio real al espacio del aquí.
Clément Rosset

¿Qué son la libertad y la aventura, el miedo y el peligro, el amor y la muerte, y qué importancia pueden tener en relación con el bosque? El bosque, una interzona de posibilidades, nos adentra en un mundo de fantasía que trasciende cualquier lógica. El bosque, lugar de mitos y leyendas, recoge y recrea, transmite y modifica la realidad y la fantasía. Los tiempos felices llegarán pronto (I tempi felici verranno presto, 2016), ganadora del Premio Puma a la mejor película en la última edición del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM), es una cosmovisión hecha filme que refleja la vida como signo sensible, donde opera primordialmente la memoria y la imaginación. «Memoria e imaginación denotan una irradiación de la percepción del tiempo y el espacio más allá del estricto terreno de su propia realidad (…) denotan una cierta presencia de lo que está ausente[1]

Ante tal preludio, nos acechan problemáticas e interrogantes: ¿cómo hablar de semejante filme?, ¿de qué sirve decir que es la historia de dos fugitivos de guerra, la leyenda del lobo feroz, o el mito de amor entre un hombre y una mujer, cuando en realidad estas imágenes invocan el silencio y el vacío, lo ausente que bosqueja nuevas formas de mirar y escuchar, estimulando una experiencia inmediata y sensual?

Los tiempos felices llegarán pronto, segundo largometraje de Alessandro Comodin, es un filme directo y secreto. Sin concesión alguna, Comodin combina diversidades en un todo; lo oscuro y la fábula de la naturaleza que rechaza cualquier explicación lógica. Los tiempos felices es lo que es. No existe por un lado la realidad y por otro la fantasía. Se trata sobretodo de una simultaneidad que nos conduce a algo muy distinto: a mirar y escuchar los misterios del boque.

A través de una mirada rasante, Comodin nos recuerda que entre las cosas hay una nueva dimensión en constante emergencia. Interzona que convoca lo extraordinario y lo cotidiano; convergencia de la fantasía y la realidad que desata lo enigmático de la existencia: su aspecto natural. Naturalidad; que es el secreto y la belleza de las imágenes; que invoca el silencio y el vacío que únicamente puede habitarse a través de la imaginación: «(…) la imaginación se resume en una impresión de lo otro que no consigue ninguna captura (…) mira en dirección de lo que es distinto a todo objeto: la única consistencia de esto que intenta evocar es la de ser diferente a todos esos que se le ofrecen (…)».[2] En el libre juego de la imaginación, las imágenes remiten a una naturaleza física inocente, huidiza, es decir, inmediata.

No es casualidad que Comodin se sitúe en el bosque, en un espacio cinematográfico único; una interzona que impregna las cosas y los seres de la naturaleza que les es propia. Así, las secuencias donde Tomasso (Erikas Sizonovas) y Arturo (Luca Bernardi) se bañan en el rio, comen hongos silvestres de la tierra, juegan en el bosque, reflejando en sus rostros el aspecto de fenómenos naturales que los rodean, los abrazan, los acogen como parte de un todo en constante metamorfosis.

Sin dejar de recordarnos que el cine es, en cada momento, una mirada nueva sobre las cosas que penetra y acecha, Comodin nos obliga a ver como real aquello que ni siquiera mirábamos como irreal, pues ni siquiera lo veíamos. La contemplación hace que se olviden las relaciones lógicas con que comúnmente relacionamos las imágenes, introduciéndonos en una relación estética con la naturaleza: en una plenitud que experimenta el espacio y el tiempo por sí mismo.

Más que narración, Comodín plantea una fabulación donde opera primordialmente la memoria y la imaginación. Fabulación creadora del acontecimiento que afecta la imagen visual, revelando espacios vacíos, desconectados, reflejando potencias mudas anteriores a las palabras, a los hombres. Fabulación creadora que introduce interludios visuales donde las imágenes ya no se encadenan cronológicamente, sino que son el acontecimiento mismo. Meditación de lo instantáneo donde son posibles nuevas formas de pensamiento, sumergiéndonos en sensaciones e intensidades que nos asaltan en momentos excepcionales. Así, cuando Tomasso (Erikas Sizonovas) y Ariane (Sabrina Seveycou) se bañan en el rio, nadan y flotan, deviniendo a la par del agua, el viento y el sol; el paisaje los disuelve y los hace parte del instante mismo. También, la estridente irrupción de la música en una de las últimas secuencias del filme, donde Comodin introduce la música no como un accesorio de la imagen, sino como un cuerpo extraño en la imagen visual que dota al sonido de plena autonomía.

Bajo un montaje de cortes abruptos, el acto del habla ya no revela un tema ni se inserta en acciones y reacciones, sino más bien, entre lo visto y lo oído, surge un acto de habla indeterminado, poniendo en relación personajes independientes y lugares separados. Fragmentos que son la ausencia o falta de concordancia que obligan al espectador a completar la historia de diferentes maneras. «La memoria tiene como meta otro según el tiempo; la imaginación, según el espacio».[3] Memoria e imaginación, ir y venir entre relatos, entre imágenes; errancias que hacen surgir una nueva distribución de lo visual y lo sonoro. Así, entre tiempos y espacios diferentes, el relato comienza con alguien, pero es continuado, prolongado, transformado por ese otro que antes no aparecía, haciendo que, entre lo dicho y lo visto, el relato del mito adquiera cierto misterio y enigma.

A lo largo del filme, Comodin nos introduce en lo más íntimo del bosque. Nos sumerge en recorridos abstractos que forman una colección arqueológica de nuestro tiempo. Arqueología a través de las imágenes que nos muestra fragmentos del tiempo y el espacio donde se esconden nuestras más intimas fantasmagorías. Los tiempos felices nos invita a soñar en viejas fabulaciones donde la convergencia de lo real y la fantasía nos adentra en otra dimensión, en una interzona.


NOTAS:
[1] Clément Rosset, Lo real, lo imaginario y lo ilusorio, España, ABADA Editores, 2008, p.92.
[2] Ibíd., p. 98.
[3] Ibíd., p. 99.