El malestar en la infancia

Algunas reflexiones a partir de Valparaíso mi amor


Por Diana Cano

El malestar en la infancia

Algunas reflexiones a partir de Valparaíso mi amor


Por Diana Cano

 

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En mis películas, el niño inventa la vida, se golpea, pero desarrolla al mismo tiempo todas sus capacidades de resistencia.
François Truffaut

Los niños son una parte de la sociedad que a los mayores nos corresponde proteger. En el caso de los padres, así como del Estado, deben velar por su seguridad y bienestar, así como garantizar su educación. Esta premisa ha sido resultado de un largo proceso que se puede ver desde distintas perspectivas y que desemboca como el concepto de infancia que conocemos actualmente, ya que «desde siempre ha habido una tendencia a dividir el curso de la vida en etapas o periodos, desde el nacimiento a la muerte. La forma de dividir estos periodos tenía que ver con la concepción dominante de cada sociedad y momento histórico».[1]

La infancia es quizá la etapa más hermosa en el ser humano. Tiende a asociarse con la inocencia, la pureza y la alegría. Sin embargo, también puede ser uno de los periodos más difíciles, porque también denota vulnerabilidad y lo que se viva será determinante para la vida adulta. En este ensayo nos encaminamos hacia este amargo aspecto en la niñez, especialmente en el abandono a nivel físico y emocional. Ante el desamparo, el menor reclama autonomía y libertad. Se rebela ante los adultos que quizá lo han dañado o simplemente por las dificultades de las relaciones familiares.

La relación entre niños y adultos es muy compleja. Al estar bajo el cuidado de los padres, parecen estar condenados a su voluntad, lo que puede inquietar y hacer cuestionar al menor. En Incomprendida (Incompresa, Asia Argento, 2014), en Italia de los años ochenta, la pequeña Aria no pertenece a una familia en concreto, ya que es la única hija que tuvo el matrimonio entre sus padres: una pianista y un actor. Ella no se encuentra en ningún lugar ya que su padre prefiere a su hermana mayor, producto de su primer matrimonio. Con su madre corre la misma suerte porque prefiere a la hija que tuvo con su anterior esposo.

La niña deambula entre la casa de cada uno de sus padres, pero verla les recuerda uno al otro y se desata la lucha de egos. Pareciera que ninguno de los dos la quiere y no hacen el mínimo esfuerzo por comprenderla. Ella no logra pertenecer ni con sus compañeros de escuela y menos con sus hermanas. Solo tiene por compañía a un gato negro. Aria termina arrojándose por la venta en casa de su abuela, quien medianamente la entiende, pero no puede hacerse cargo de ella.

Por otra parte, ya para introducirnos al filme central en este escrito, nos remontaremos hacia 1959, año en que la Revolución cubana culminó y radicalizó el pensamiento político a nivel continental. John King señala la importancia de la Revolución cuando explica que «Especialmente en los años sesenta se ofreció un atractivo modelo a muchos artistas e intelectuales que buscaban el esquivo objetivo de fusionar las vanguardias artísticas y políticas (…) La imaginativa proximidad de una revolución social fue combinada con un sentido de modernidad cultural».[2]

Más tarde, en Chile, durante 1967, se celebra el Encuentro de cine latinoamericano que tuvo como precedente el cine club en Viña del mar coordinado por Aldo Francia, un médico y cineasta cuyo nombre es clave en la cinematografía chilena. Además, tuvo a Alfredo Guevara, de origen cubano y Edgardo Pallero de Argentina como organizadores del encuentro. Las cuestiones políticas y sociales fueron temas centrales: «Así, era cuestionada la debilidad de sistemas sociales en nuestro país (Chile), partiendo por la desintegración de la familia marginal, pasando por la administración de la justicia, los servicios de salubridad, la corrupción de la prensa y las pésimas condiciones de vida en el contexto de una marginalidad urbana, al interior de un modelo social que presume ser justo».[3]

Basada en hechos reales, en Valparaíso mi amor (Aldo Francia, 1969), Mario es encarcelado por robar ganado para sobrevivir. Su comadre, María, con algunos meses de embarazo se queda a cargo de sus hijos: Ricardo de 14 años, Antonia de 12, Pedro (Chirigua) de 11, y el pequeño Marcelo de apenas 5 años. En condiciones precarias, tienen que trabajar para sobrevivir. Para ello, diariamente tienen que ganarse algunas monedas ayudando a la gente adinerada. Una de las secuencias más hermosas del filme es su camino hacia la ciudad. Tienen que bajar de los altos cerros para llegar al centro de Valparaíso. Y es ahí cuando se funden con la ciudad a través de sus panteones, sus centros nocturnos, sus mercados y sus calles en general.

En el filme se muestra poca sensibilidad por parte de la prensa: «es la misma cuestión de siempre», dice uno de los periodistas. El corresponsal ni siquiera recuerda los nombres de los niños, e improvisan un encabezado sensacionalista para publicar una nota sobre ellos. No obstante, hay momentos en que se devela la inocencia en los niños huérfanos. Cuando en lugar de hacer los deberes que María les asignó prefieren jugar a las cosquillas. Al principio, solo Antonia y su amiga están jugando, pero sus hermanos terminan uniéndose. Después, la mujer llega a regañarlos, reclamando que nadie le ayuda al cuidado de la casa.

Es preciso hilar el filme con dos momentos clave en la cinematografía europea, y que influyeron profundamente en el Nuevo Cine latinoamericano. Por una parte, tenemos al Neorrealismo italiano, movimiento que se gestó en la Italia de la posguerra. La figura de Bruno, el pequeño hijo de un hombre pobre y sin trabajo, fue fuente de gran inspiración en Aldo Francia. Por otra parte, la Nueva ola francesa también tiene un protagonista de corta edad pero de gran presencia: Antoine Doinel, el joven marginado por sus padres y la sociedad en el mítico filme de Truffaut de 1959.

Las calles de París son testigo del malestar del chico; la relación con sus padres solo parece empeorar. En la escuela es castigado constantemente y no entrar un día a clases le dará una temprana perspectiva de la vida real a través de la ciudad. Tras robar una máquina de escribir, terminan metiéndolo a un reformatorio. En el caso de Bruno y su padre, la ciudad de Roma después de la guerra será recorrida por ellos para lograr encontrar la bicicleta que le han robado a su padre y que es indispensable para que pueda trabajar.

Tanto en Los 400 golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959), como en El Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, Vittorio De Sica, 1948) se presentan finales ambiguos que son acordes con la perspectiva de sus jóvenes protagonistas. La obra de Truffautt termina con el bello travelling de Antoine escapando del reformatorio hasta llegar a la playa: no se sabe qué sucedió después, excepto que cumplió su sueño de conocer el mar. En el segundo caso, cuando Antonio Ricci, papá de Bruno, intenta robarse una bicicleta porque está desesperado, es perseguido por varias personas. Está a punto de ser golpeado y entregado a la policía. El niño se suelta a llorar, y el perdón del dueño hace que se disuelva el grupo de gente y los dejen libres. Padre e hijo terminan caminando a casa, tampoco hay un desenlace claro.

Sucede lo mismo en Valparaíso mi amor. El final es incierto para los cuatro niños. Dentro de un bar, se ve a lo que ha llegado cada uno. Ricardo se vuelve un delincuente y pertenece a una red de proxenetas, Antonia se vuelve prostituta y Pedro (Chirigua) termina robando el collar de perlas de la mujer que lo ayudó, volviéndose un ladrón. El pequeño Marcelo muere a falta de atención médica por falta de dinero. María da a luz a una niña, y a través de una conversación con voces en off se confirma el desafortunado destino de todos ellos, que el ingenuo padre desconoce o quizá se autoengañan ambos:

— El otro día el Chirigua me trajo este collar, se lo dio una Señora de Cerro alegre.

— ¿Y Antonia, comadre?

—Está aprendiendo costura con una modista. Ya está ganando ya. Don Jesús, el del taxi le ayuda, es re´ buena gente.

—Sí, la Antonia es re´hacendosa y aprende rápido. Ojalá se case luego.

—Bueno, pues será hasta el próximo jueves, compadre.

Lo que el director muestra, en sus propias palabras, es cómo los niños son tragados por la ciudad.[4] Se diluyen en la complejidad de la urbe, especialmente dentro del bar que les proveerá del dinero que tanto les hace falta, al compás de la canción popular La joya del pacífico, interpretada por Jorge Farías, que hasta la actualidad permanece en el inconsciente colectivo de todo aquel que vive en el puerto. Es inevitable mencionar la carga social que contiene el filme, afín a la ideología en el Nuevo Cine latinoamericano:

Valparaíso mi amor es un particular sincretismo de homenaje y vivencia (Valparaíso, Los olvidados, Los cuatrocientos golpes, Alain Resnais, Jean-Luc Godard), resuelto vigorosamente en una obra honesta, visible en la claridad de su propósito: «… el cine en todo país subdesarrollado, debe estar íntimamente ligado y comprometido con los procesos de cambios. No se puede hacer un cine de mera diversión. Además, en última instancia, todo cine es político. Si busco con mis películas, hacer del espectador un ente pasivo, estoy vendiendo el conformismo…», manifestaba el realizador.[5]

Los protagonistas del filme representan a aquellos chicos que han sido obligados a madurar y dejar de lado los juegos y la inocencia; pero sobre todo pierden la infancia en sí misma, dejan de ser niños. Su condición social los arrastra inevitablemente hacia un destino desafortunado. Todo esto es parte de un todo más complejo, de un entramado de desigualdad social que está presente en todas las sociedades del mundo. Además, la niñez vista a través del celuloide tiene una gran carga simbólica porque:

La figura del niño irrumpe en el cine como un desafío constante a la indiferencia y menosprecio de los adultos, late en ellos permanentemente la contradicción entre sus deseos y los muros impuestos por la familia, la escuela, los internados, el marco normativo de las instituciones disciplinarias, de la sociedad clasista y autoritaria. Y es que el cine devela desde su origen, a comienzos del siglo XX, como un cronista los dramas que sufren los niños y jóvenes en la sociedad moderna.[6]

Los finales en los tres filmes representan lo efímero en la infancia. Es una encantadora etapa que puede ser arrebatada de golpe o que eventualmente irá encaminándose hacia la adolescencia y posteriormente hacia la vida adulta. Pero al fin y al cabo no durará por siempre y aunque el futuro de todos estos niños es impreciso, así es el ciclo de la vida: está lleno de ambigüedades. 


NOTAS:
[1] Ileana Enesco, El concepto de infancia a lo largo de la historia, [consulta: 25-06-2018].
[2] John King, El carrete mágico, Colombia, Tercer mundo editores, 1994, p. 104.
[3] Luis Cecereu Lagos, «El cine chileno en los laberintos del desarrollo», en Aisthesis, no. 23, 1990, Instituto de Estética, Facultad de Filosofía, Pontificia Universidad Católica de Chile, [consulta: 30-06-2018].
[4] Nuestro Cine. Aldo Francia, Antología, Chile, Cineteca nacional de Chile, p. 26.
[5] Luis Cecereu Lagos, op. cit.
[6] Resumen.cl, Cine e infancia, [consulta: 24-06-2018].