Cine, Inc.

Okja (2017) de Bong Joon-ho


Por Eduardo Cruz 

Cine, Inc.

Okja (2017) de Bong Joon-ho


Por Eduardo Cruz 

 

Tamaño de fuente:

¿Qué es el cine?, la pregunta que enunciara hace décadas el crítico francés André Bazin y sobre la que trabajara a lo largo de su obra, vuelve a resonar de vez en vez entre los estudiosos, siempre a partir de un cambio en la formas de producción cinematográfica. La discusión que en la década pasada tenía que ver con el paso del celuloide a las cámaras digitales, ahora toma forma en el conflicto alrededor de los métodos de distribución y exhibición de las películas a propósito del auge de las plataformas de streaming. ¿Acaso la experiencia cinematográfica está tan íntimamente ligada con la oscuridad de una sala de cine como algunos profesan? Netflix, como espacio de fácil acceso al entretenimiento audiovisual para el gran mercado, fue el primero en dar el paso de manera exitosa hacia la generación de contenidos propios, convirtiéndose también en productora de televisión y cine, poniendo en predicamento desde el primer momento las formas de hacer y consumir productos cinematográficos y transformándose en un referente inmediato de la cultura pop actual.

Okja (2017) es el nuevo gran pilar en esta estrategia. De las manos de Bong Joon-ho —cineasta sudcoreano de reconocimiento internacional cuyo no tan interesante salto a las producciones occidentales fue exitosamente recibido (Snowbreaker, 2013)— Netflix pretende acercar el “gran” cine, de manera simultánea, a las pantallas caseras de los 190 países en los que opera actualmente. La cinta narra la historia de Mija, la pequeña nieta de un humilde granjero y su travesía para rescatar a Okja, su mejor amiga; una cerda de proporciones jurásicas, con alto razonamiento matemático y corazón de labrador, de las garras de una enorme empresa trasnacional que, aunque disfrazada de sustentable y eco-friendly, la creó para convertirla en un avasallador mercado de salchichas gourmet. En un principio, Okja nos presenta un idílico paisaje rural en Corea, lugar donde habita nuestra heroína, fotografiado espléndidamente, en donde todo es verde brillante y en donde incluso un animal creado en un laboratorio reboza vida y salud, para después mostrarnos a los villanos en Nueva York, centro económico del mundo, entre lujos y consumo exacerbado, en medio del progreso que prometen llevar a cada rincón del planeta, pretendiendo con la comparación, hacer una denuncia. El capitalismo atacando al capitalismo.

Como en muchos otros de sus contenidos, la plataforma Netflix (que claramente es también una empresa trasnacional), congruente con su cobertura mundial, uniformiza sus producciones para que sean del agrado de todos sus posibles espectadores. No importa si es una producción original británica, hindú, brasileña o mexicana, por poner ejemplos, la formula Netflix está ahí y en el mundo multicultural que plantea, las diferencias no existen; sus personajes reaccionan igual a situaciones semejantes, la influencia de lo local desaparece, y la sutiles complicaciones de origen lingüístico e idiosincrático se anulan. El impacto que podría tener para una pequeña que creció en las montañas cercanas a Seúl encontrarse de repente en medio de la Gran Manzana apenas se insinúa, como si la distancia entre un punto y otro, geográfica e interior, no existiera. En ese sentido, aunque la cinta pretende ser exuberante, en su forma está más cercana a producciones del tipo Disney que, preocupadas por ser del gusto de toda la familia han diseñado y decidido cada detalle a la perfección, y en donde el trasfondo político o cultural es tan sólo un decorado más, de profundización tibia para no levantar ámpulas pero que tampoco funciona para motivar una reflexión seria. Oscura ironía que no solo es circunstancial: Netflix hablando del poder de las trasnacionales y de sus intenciones veladas se ordena con la tendencia de mercado reinante, con líneas de productos de belleza y moda que por años han cosificado el cuerpo femenino, hablando ahora de feminismo o con las grandes marcas absorbiendo la ideología (y los colores) de los movimientos LGBT. Hay algo de peligroso en ello.  

Que si Okja es una película que ameritaba estar o no en prestigiosos festivales de cine por la discordia generada a partir de su estrategia de distribución es una cuestión periférica; el cine trasciende su materialidad —el formato, el color, el sonido, la pantalla— y está por encima de los limitados sistemas de exhibición habituales hasta ahora. El cuestionamiento que podríamos plantear frente a una cinta como ésta, sería: ¿Cual es el peligro de generar contenidos (casi) idénticos sin importar el nombre u origen de quien lo firme? ¿Qué significa que una compañía que alberga y, pareciera, decide lo que es considerado buen cine para el gran público limite el panorama creativo de la cinematografía internacional? Las posibles respuestas podrían orientarnos mejor en el entendimiento del fenómeno. Por el momento Okja, la película no el personaje, pareciera ser también un súper cerdo diseñado hasta el último detalle para saciar el gusto (¿gourmet?) de los consumidores de su benéfica casa productora, que como en la cinta, podría resultar ser un enorme embuste.