El detalle cuántico

Sieranevada (2016) de Cristi Puiu


Por Rafael Guilhem 

El detalle cuántico

Sieranevada (2016) de Cristi Puiu


Por Rafael Guilhem 

 

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Si nos proponemos describir la primera secuencia de Sieranevada (2016), probablemente nos detengamos en una serie de acciones que se desenvuelven entre una pareja y su hija, un par de autos y un chofer desesperado. Creo, sin embargo, que estaríamos más guiados por nuestro imaginario de lo que debe ser una escena dramática —conducida en general por la escala humana— que por lo que realmente está en pantalla. Esto es: un enrarecido punto de vista donde la cámara, situada a una distancia considerable de los personajes, hace ligeros paneos dubitativos que se mantienen en un tono de indiferencia. Casi en el límite entre interesarse o no por la vida de los personajes, filmando para que no miremos ni centremos la atención en alguna zona del cuadro. Es como observar a través de una ventana de autobús la inmanencia de un paisaje sin signos que develar.

Esta primera ambigüedad parece resolverse cuando a partir del resto de la película, nos percatamos que efectivamente seguiremos a aquellos personajes que dudábamos en seguir. Sin embargo, ese aire de misterio en la apertura permanecerá de ahí en adelante. Nos permite conjeturar incluso, que corresponde a una especie de núcleo cifrado en todos los órdenes de la película que podemos ubicar como un principio de desconcentración: los desvíos de la cámara, las conversaciones incompletas y esbozadas, las opiniones sin comunión, los inciertos sistemas de creencias, la espacialidad confinada pero abismada, el continuo peregrinaje de personajes, su aglomeración, y las grandes cantidades de información en contienda. El problema de los personajes no pasa por estar ante una hoja en blanco que los paraliza. Todo lo contrario, están enfrentados a cantidades inagotables de elementos que circulan hasta saturarlos, y les impiden concretar sus certezas. De ahí que esta desconcentración o desvío sea tanto un mal, como una estrategia de defensa para debilitar la presión que los condena. Se puede percibir, antes que nada, en el tono fársico de la película que desajusta lo real; en las conversaciones sobre los atentados del 11/9 nutridas de los vastos artículos del internet y también, en el espacio donde ocurre casi todo el filme: un pequeño departamento de escala cuántica, reformulado cada tanto, y habitado por el constante aullido de una radio discreta.

La desconcentración la entendemos como una permanente desarticulación del centro. Es cierto que hay un personaje con mayor presencia, pero en general la acción se distribuye. Hay también una serie de fuerzas importante en fuera de campo que organizan todos los elementos, por ejemplo, el patriarca fallecido cuarenta días atrás, y que congrega a toda la familia para llevar a cabo un extraño ritual que, por las vicisitudes del itinerario, se pospone una y otra vez. Es interesante si pensamos también en el ritmo. Hay una máxima aceleración en todas las actividades y las discusiones, propia de los tiempos que corren, donde las palabras se lanzan a veces sin pensarlas. El conflicto, o multitud de conflictos que gobiernan la película, antes que verdaderos problemas, son formas de relacionarse y convivir. Se pone siempre en jaque la idea de familia: un grupo social de los más sugestivos, pues siempre dudamos qué les hace permanecer unidos. Pareciera tratarse de un lazo ficticio y simbólico antes que de intereses comunes o afectos paralelos. En ese sentido, y siguiendo ese halo misterioso (que lo es todavía más por estar situado en una película que sin problemas podría ser un documental), hay una construcción de personajes finísima, cuyo sustento o método, es poner la atención en aquello que existe entre dos o más personas, antes que en la unidad de los sujetos. De manera que cada quien funciona como un cuerpo en movimiento, cuya gravedad lo acerca o lo aleja de los otros. Esto pone la espacialidad en órbita; todo pierde cada cuanto su referencia, y un mismo personaje cambia sus actitudes y personalidad según a quién se enfrente. La abuela con el sacerdote impuntual, es distinto que la abuela con su hijo o su hermana. Cada relación tiene su lógica y peso, sus fuegos cruzados. Y en esa tensión, surgen tanto las flaquezas como las soluciones: el ser individual, no lo es tanto cuando su orientación depende de ese otro que modifica su rumbo y regularidad. Es como si lo que estuviera en disputa fuera la idea de unidad, no solamente entre personas, sino socialmente, políticamente, pero también temporal y espacialmente.

En una tremenda red de complejísimos impulsos de interacción, se filtra hacia el departamento donde se confina la mayor parte del filme, toda una condición de pensamiento del exterior. Lo que se pone en juego es tan íntimo como monumental: una serie de circuitos y niveles de acción tan vastos, que para posibilitarlos Cristi Puiu ha desenvuelto múltiples puntos de fuga que ventilan las imágenes y los sonidos, y les permiten existir en su periferia. Toda película, para ser sólida, necesita brindar siempre desvíos a la realidad, redes de portales que lleven la acción a otros senderos. Tal vez por esa razón son tantas las puertas que se dan cita en ese pequeño departamento de una gran ciudad en Rumania. Cada entrada y salida, cada paso de cada personaje, no tiene más importancia que avanzar en su cotidianidad, y de eso está sostenido el mundo.