FICM 2017: Utopía minimalista

The killing of a sacred deer (2017) de Yorgos Lanthimos


Por Eduardo Cruz 

FICM 2017: Utopía minimalista

The killing of a sacred deer (2017) de Yorgos Lanthimos


Por Eduardo Cruz 

 

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En Congreso de futurología, obra literaria del ruso Stanislaw Lem editada en 1971, se nos presenta una sociedad utópica en la que el bienestar social y económico ha sido alcanzado en su totalidad y sus habitantes, alejados de conflictos mundanos como la pobreza o las guerras, dedican sus días a la convivencia en perfecta armonía y el feliz intercambio de actividades y conversaciones triviales. Todo parece funcionar de maravilla. Por supuesto toda esta fachada de perfección esconde algo oscuro y retorcido en su interior. Un secreto que, a la par del protagonista de la novela, se nos descubre de a poco para horrorizarnos. A partir del mismo recurso, aunque empleado en distintas escalas —una pequeña familia en Kynodontas (2009), una ciudad entera en The Lobster (2015)—, el cineasta griego Yorgos Lanthimos, ha propuesto desde el inicio de su carrera, la revisión del estado moral de las sociedades occidentales actuales, tras los acontecimientos del 9/11 norteamericano y las crisis económicas y de inmigración en Europa. Su cine, en forma de narraciones que permanecen en el umbral de lo anecdótico, le permite sin embargo depositar sus intereses audiovisuales sobre dichas reflexiones de carácter social, en cintas que por su perfil exótico —por su propuesta formal extrema y la idiosincrasia ajena que retratan—, rápidamente han alcanzado la atención del gran público.

En The killing of a sacred deer (2017), la más reciente de sus fábulas, Lanthimos se aproxima a una familia de la alta burguesía estadounidense, retrato de la perfección social en la actualización del sueño americano. El padre, líder del clan, exitoso cirujano cardiólogo, descuida la atención de su impecablemente blanca y bien portada familia —su también exitosa y bella esposa y sus talentosos y también bellos hijos— al crear un vínculo con un extraño adolescente llamado Martin. El entorno, enrarecido ya desde el principio como en sus films anteriores, se ve trastocado al momento que Martin revela sus motivaciones. Como en la potente Teorema (1968) de Pasolini, o en Funny Games (1997) de Haneke, la dinámica familiar se verá cimbrada a partir de la intrusión de un personaje de apariencia mística, que tras ser invitado a formar parte del seno hogareño, pone en operación una terrible y escabrosa venganza, orillando al padre a tomar decisiones respecto del sacrificio que el título impone.

Con habilidad quirúrgica, como su protagonista, Lanthimos entra al juego con sus recursos habituales: minimalismo arquitectónico, ciudades límpidas y silenciosas, inversión de los tabúes, conversaciones al ritmo de un robot y repetición de elementos visuales y sonoros, entre otros, todo alrededor de una asumida indagación profunda de la violencia y la apariencia como temas centrales en su obra. Estética que funda en parte la llamada Nueva ola de cine griego pero que en este caso resulta insuficiente. The killing of a sacred deer falla en su diagnostico del estado general del mundo al aproximarse al tema con el sensacionalismo efectista de un tabloide. Su apuesta de enrarecimiento no transciende los diálogos y sus imágenes, a medio camino entre la reticencia y el exhibicionismo, plantean preguntas que no les interesa resolver: ¿de dónde viene esta violencia? ¿Está acaso en el ambiente? ¿Es parte de la naturaleza humana? ¿Es inherente a la posición económica? Lanthimos no se preocupa por darle un origen, sólo la plantea con morbosa seguridad. La imagen en su cine carece de arqueología, su discurso se queda en la superficie.

En algún momento, la hija mayor, en contra de los intereses de sus padres declara su amor a Martin: «I love you so much». Frase de cajón que aquí se pronuncia sin sentimiento, sin ánimo ni gesto. Recurso probablemente empleado para señalar el estado de anestesia de los personajes pero que sirve igual para hablar de la condición del film: palabras e intenciones benevolentes, pero que una vez dichas, nos llegan vacías.