¿Imitación u homenaje?

Cartas de Van Gogh (2017) de Dorota Kobiela y Hugh Welchman


Por Samuel Lagunas 

¿Imitación u homenaje?

Cartas de Van Gogh (2017) de Dorota Kobiela y Hugh Welchman


Por Samuel Lagunas 

 

Tamaño de fuente:


No creo que mi locura sea la de la persecución, ya que
mis sentimientos en estado de exaltación desembocan más bien
en las preocupaciones de la eternidad…
Vincent Van Gogh, Cartas a Theo

La relación entre las películas animadas y los museos no ha sido nada fácil. Hoy puede haber ya proyecciones que formen parte de una instalación artística y luego sean exhibidas de forma independiente en una sala, ejemplos hay muchos y variados; pero cuando Disney, después del estreno de Blancanieves y los siete enanitos (1937), comenzó a llevar sus storyboards a museos y a ponerlos junto a pinturas de artistas reconocidos se creó un descontento generalizado —«apocalíptico», diría Umberto Eco—. Muy diferente fue la reacción de la crítica cuando supimos que Salvador Dalí había colaborado con Walt Disney en un corto que fue lanzado apenas en 2003 pero que había sido escrito y planeado por las mismas fechas en que Disney tomó los museos. En Destino la iconografía de Dalí sirve no sólo para construir el escenario sino como resorte de la trama: el corto es, como las obras del megalómano, un laberinto de amor. No hace mucho, tampoco, el joven animador francés Léo Verrier hizo Dripped (2012), un pequeño cortometraje sobre Jackson Pollock en el que, en la última secuencia, las manchas escurridas de pintura escapan del departamento del artista y serpentean por toda la ciudad hasta llegar a una tela en un museo. Sí: pintura en acción: action-painting. Más recientemente los cuadros de Dalí han servido también para crear un espectáculo de realidad virtual en el que el espectador se sumerge en la pintura Archeological reminiscence of Millet’s ‘Angelus’ y recorre sus intersticios y rincones intentando habitarla: se llama Dream’s of Dalí y constituye un importante paso en el tirante amorío entre la animación y las pinturas. Luego está Cartas de Van Gogh (Loving Vincent, 2017).

Animada por 115 artistas a través de 65 mil cuadros, el largometraje dirigido por Dorota Kobiela y Hugh Welchman queda mucho más cerca de la curiosidad que del arte, de la imitación que del homenaje. Welchman ya había producido antes cortos como el memorable Pedro y el lobo (2006) de Suzie Templeton, mientras que Kobiela ya había dejado huella con Little Postman (2011), primer cortometraje en 3-D pintado al óleo, en el que Welchman fungió también como productor. Decididos a ir mucho más lejos, Kobiela y Welchman se embarcaron en contar los últimos días de Vincent Van Gogh desde la perspectiva de Armand, el hijo de Joseph Roulin, cartero de Van Gogh. Armand recibe de su padre la pesada tarea de entregar la última carta que el pintor dejó para Theo. Renuente debido a las historias de caprichos, berrinches y arranques impulsivos que conocía del pintor, Armand finalmente acepta emprender un viaje que lo llevará desde la casa de Julien Tanguy hasta el pueblo de Auvers-sur-Osie donde Vincent pasó sus misteriosos últimos días. Si en Little Postman el niño cartero cumple su tarea en medio de una Varsovia bombardeada, en Cartas de Van Gogh, Armand se encontrará inmerso en una atmósfera llena de enigmas no menos inquietantes. Sin embargo el recorrido de Armand se convertirá en un viaje de reconciliación con la figura de Van Gogh y la entrega de la carta, en una última ofrenda.

No es difícil aplaudir cuadro tras cuadro toda la cinta. No es difícil tampoco dedicarse a identificar qué pinturas fueron recreadas por los animadores y descuidar por completo la historia. Cartas de Van Gogh, en este sentido, acaba siendo más que un deleite visual, un empalago. Esto, no debido a su metraje (95 minutos) sino al excesivo respeto con el que se acercan al misterio de la muerte y a la estorbosa reverencia con la que tratan al artista. Son bien conocidas las distintas hipótesis que hay en torno al balazo de Van Gogh: las más famosas son la del suicidio y la del asesinato cometido por el jovencillo René Sécretan quien, con sus amigos, gastaba el día haciéndole bromas al pintor. La cinta de Kobiela y Welchman no se obstina en defender alguna de las dos (de ahí su tibieza dramática y la debilidad de su trama), sino que opta por dirigir su mirada hacia otro lado: hacia la obra. Tampoco se detiene mucho en indagar en la atormentada existencia de Van Gogh sino que se circunscribe a recopilar los testimonios de quienes lo vieron durante esos días. Sabemos que Van Gogh tenía una fuerte obsesión con los marcos de sus pinturas; en una ocasión, incluso, le escribe a Theo que está desesperado «por ver sus cuadros enmarcados». De manera análoga, Cartas de Van Gogh es una cinta que se obsesiona minuciosamente con el recipiente pero que descuida el contenido.  

Después de haber visto Cartas de Van Gogh en el Festival Internacional de Cine de Morelia, no pude sino pensar en aquellos pintores que dedican toda su vida a replicar cuadros famosos. Sus nombres se arrinconan en el dato y su creatividad se encierra en la imitación. Cartas de Van Gogh cautiva precisamente por repetir (digitalmente y con rotoscopio) la pincelada de Van Gogh 100 años después, pero falla al realizar una exploración bastante tímida de la vida y muerte del pintor. Kobiela y Welchman exorcizaron casi por completo todo sentimiento ambiguo, sombrío, de locura y lo reemplazaron por una mera reproducción de técnicas y formas. Nada más lejos del arte. Nada más lejos de Van Gogh.