Lo mecánico y lo orgánico

Carmín tropical (2014) de Rigoberto Perezcano


Por Rafael Guilhem 

Lo mecánico y lo orgánico

Carmín tropical (2014) de Rigoberto Perezcano


Por Rafael Guilhem 

 

Tamaño de fuente:

En el inicio, una serie de fotos: un niño que al paso de las imágenes se le ve más grande. Asistimos, además de su cambio de edad, al de su identidad sexual. Es Daniela, una muxe. Muxe es muxe, ni hombre ni mujer, muxe, un género local del istmo de Tehuantepec. Las fotos habilitan una intriga que posteriormente se nos revela a medias: Daniela ha sido encontrada asesinada con 27 puñaladas en la espalda. Estos hechos explícitos son velados de elegancia en Carmín Tropical (2014) que, como toda película de cine negro, cuenta la historia oculta de una persona a través de otra. Mabel, una amiga del pasado de Daniela, vuelve a Juchitán para investigar con austeridad el crimen, y de paso, reencontrar algunas señales de su pasado.

Del mismo modo que las cosas no mantienen su fijeza —una ciudad, por ejemplo, no permanece siempre de noche— la muerte suele trastocar el ambiente y salpicar la realidad de misterio. El viento siempre es el mismo, pero su brisa pega distinto, como un cuchillo seco y certero. Entre estos resquicios, Mabel, junto a sus amigas Darina y la faraona, indagará ya no en la verdad, sino en lo que queda de ella: las huellas y rastros de su amiga Daniela, a quien le profesa un amor redentor —calculado e hiriente—, del que busca en cualquier modo y forma una expiación.

Carmín Tropical se sostiene en dos núcleos principales. Por un lado, lo mecánico (digamos, un orden rígido): la fábrica en donde trabaja Mabel, el ventilador del hotel en que se hospeda (y su insistencia sonora), la burocracia en la prisión y en la comisaría policial, la máquina de escribir y la rocola donde se toca «música moderna». Por el otro, está lo orgánico (lo inaprensible): la muerte, la sensualidad, la música que toca la rocola, la violencia y el amor. A veces, lo mecánico y lo orgánico se mezclan, por ejemplo, en las palabras de Mabel: «parece que en el enamoramiento todo se repite: los mismos códigos, las mismas palabras, las miradas de siempre». Existe, sin embargo, una tercera ramificación que atraviesa las anteriores, y que se podría sintetizar en el papel detectivesco que adopta la propia Mabel ante la ineficiencia policial para resolver el caso de su amiga Daniela. Encontrar un orden a lo inexplicable, vagar por los hechos y los testimonios; desmenuzar los casos de amor, y también atravesarlos. Todo crimen tiene una verdad envuelta por un orden secreto, que como encubrimiento también genera sus consecuencias. Mabel, en su seguimiento del crimen, conocerá al taxista Modesto, del que caerá incidentalmente enamorada. Este juego de relaciones, este desvío de historias, construye una multiplicidad de entradas y salidas que amplían las evidencias y los posibles culpables del asesinato de Daniela. Lo mecánico y lo orgánico. Lo mecánico puesto en sospecha, contrariado y digno de una atención suspendida. Lo orgánico contenido, capturado por la mente, pero a veces también desbocado.

Rigoberto Perezcano, el realizador, prefiere lo profundo sobre lo holístico. Se mantiene al margen, en el claroscuro de los personajes que nunca acaban de ser, que mantienen secretos y signos de vida: deseos y miedos, también risas. El sonido, el fuera de campo, los indicios y las insinuaciones. La materia fílmica se va regenerando con lentitud y fragilidad. Nunca veremos sangre, apenas quedará el carmín del título y la muerte sólo estará ojeada desde la rabia y el amor, desde la nostalgia de Mabel por nunca decir adiós a Daniela. En cuanto a su investigación heterodoxa, nunca será objetiva y distanciada, todo lo contrario, estará llena de calor e intensa negrura.

Hacia el final, el amor de Mabel por Modesto la cegará en confianza. Le comparte todo lo que sabe, incluye su sentir desolado. Y en un juego de averiguación, la que ama y es sincera ha perdido: la desgracia de su pesquisa producirá otro crimen. Lo mecánico y lo orgánico, la lógica y la desmesura, el cálculo y el incendio. Son todas métricas que circulan por un viaje inútil y necesario: correr el riesgo de recuperar el pasado, aunque el agotamiento y el desmantelamiento de las ideas la deje como presa fácil, para entre tanto sigilo y sin darse cuenta, ser ella misma, Mabel, la última pieza de un enigma irreductible.