Complicidad de formas

El hilo fantasma (2017) de Paul Thomas Anderson


Por Rafael Guilhem

Complicidad de formas

El hilo fantasma (2017) de Paul Thomas Anderson


Por Rafael Guilhem

 

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1. Me parece importante considerar dos aspectos antes de analizar El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017): primero, tomar en cuenta que la representación de un problema no es sinónimo de su aceptación, por ejemplo, al mezclar las intenciones, actividades e ideas de los personajes con las del cineasta, o bien, al equiparar el hecho de filmar un asesinato con legitimarlo. Segundo, que detenernos en la dimensión psicológica de las películas de Paul Thomas Anderson limita enormemente sus posibilidades y lo reduce a un costumbrismo peligroso. Su potencia, por otro lado, está en sus aristas sociales, políticas, y en su entendimiento del presente a partir de poner en duda los procesos históricos que desembocaron en lo que hoy somos.

2. Las guerras son laboratorios donde se ensayan los elementos que posteriormente se instalarán en la vida cotidiana, reestructurando los diferentes aspectos de las verdades establecidas. En ese sentido El hilo fantasma, que se sitúa en los años cincuenta —apenas terminada la Segunda Guerra Mundial—, está en el marco de un cambio, entre otras cosas, de la distribución de los roles de género. Tras el alistamiento masivo de hombres, producto del enfrentamiento bélico, las mujeres rompieron la tajante división entre lo público (conferido a los hombres) y lo privado (vinculado a las mujeres) instaurada desde el siglo XIX, para hacerse cargo de los empleos que quedaban desiertos. Esto significó un problema estructural al regreso de los militares que apenas sabían cómo retomar sus vidas con normalidad. En esa misma década en Estados Unidos, salía a la luz la revista Playboy, fundada por Hugh Hefner, un magnate que lejos de revolucionar las libertades sexuales, dio un nuevo aire a las desigualdades de género hegemónicas a partir de renovarlas. Forjó un nuevo concepto de masculinidad, donde tomó fuerza la idea de los hombres sofisticados, seductores e independientes (con James Bond como figura principal) que se apropiaban del nicho doméstico, no para hacerse cargo de los deberes implicados, sino para encontrar un espacio «propio y seguro» donde reafirmar su heterosexualidad, éxito, soltería, además de tener un lugar donde saciar sus placeres elementales: el sexo y el consumo. Esta nueva figura política de la guerra fría funda una especie de «masculinidad del interior», distinta pero no por ello menos dañina.[1]

3. La mayoría de los personajes en el cine de Paul Thomas Anderson corresponden a hombres que persiguen el éxito en empresas locuaces: una compañía de cine porno, la extracción de petróleo y hasta una nueva religión. La energía con que se emplazan en principio, va cobrando matices hacia el final de las películas, mostrando las debilidades y perversidades en la construcción de la ruta del éxito. Esta revisión de la historia del siglo XX estadounidense, apunta a hallar los rastros de un capitalismo voraz que cimenta su riqueza en la opresión y abuso de los otros.

4. El hilo fantasma da una vuelta de tuerca en dos sentidos: la historia ocurre en Inglaterra, y Reynolds Woodcock, el modisto encarnado por la fibra de Daniel Day-Lewis, se orienta siempre al interior de su casa o, mejor dicho, a esos espacios donde pueda ejercer el control sin que se le presente resistencia alguna. Desde la primera secuencia se muestra su rutina, apoyada por su hermana —una especie de fiel asistente— y su mujer, que inmediatamente será «desechada» por importunar las labores de Reynolds, quien dedica la mayor parte de sus días a trabajar en sus nuevos diseños. Él pronto conocerá a Alma, una mesera con la que entablará una relación que perdurará por el resto del filme, con sus notas altas y bajas de tensiones y vértigo (este triángulo de relaciones tiene su fuente más inmediata en Rebeca [Rebecca, 1940] de Alfred Hitchcock). Más allá de los trazos remarcados al mostrar la constante monotonía, así como de los bocetos con los que cada mañana el modisto constituye la subjetividad de Alma desde su mirada masculina, es fundamental que los grandes referentes históricos —eventos o personajes de renombre— quedan fuera de la película, priorizando los detalles de una vida que, por otro lado, está ubicada en una clase alta (puesta en tensión por la perfección en la estética de Anderson), antes que los marcadores grandilocuentes y a menudo falsos, para dar cuenta de algunos de los patrones que caracterizaron el dominio de una clase privilegiada y la sumisión de las mujeres mediante la justificación de los vínculos «personales».

5. La diferencia de Alma con las mujeres que, se insinúa, pasaron antes por la desigual posición de pareja de Reynolds, es que encuentra cómo hacer daño a la impostada compostura del modisto. Nunca vemos escenas sexuales, y apenas se vislumbran algunos besos, pues la relación, donde se incluye Cyril, la hermana, orbita alrededor del trabajo y el reconocimiento que los elegantes vestidos diseñados otorgan a Reynolds, con los que gobierna los cuerpos de las mujeres con sus ideas y formas. Este hilo invisible que se entreteje entre las personas, es uno de poder, funcionalidad y estrategia. La posición privilegiada de Reynolds le da su seguridad, que finalmente es revertida por Alma a través de la comida, como si hubiera en esos canales de sumisión la luz de una pequeña rebeldía. La mirada masculina con la que Reynolds abruma a Alma, se trastoca cuando en un «duelo» de miradas le devuelve un vistazo penetrante a un hombre que no está acostumbrado a ser puesto bajo la mira.

6. Lejos de una relación clarificada de colocaciones y funciones precisas donde cada uno conoce su papel, se desenvuelve una imprevisible lucha de fuerzas donde todo se vuelve turbio cuando entran en juego más factores: el médico Hardy (a quien Alma narra su historia cual diván psicoanalítico), y con quien la propia Alma establece una secreta seducción; el devastador hechizo del matrimonio y la sorpresa de Alma que trastoca la tranquila rigidez de Woodcock. Al final se dará una especie de acuerdo silencioso y secreto: Alma preparará por segunda ocasión hongos envenenados a Reynolds, y éste, en una aparente conciliación, se dejará debilitar. Lo que parece una derrota llena de fragilidad, no es sino otra forma de triunfo: ser el centro de los cuidados y las atenciones, la ardiente flama que devela la dependencia que sostiene cualquier forma de éxito, sobre todo cuando lo que está en juego es una sospechosa masculinidad. 


FUENTES:
[1] Beatriz Preciado, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría, Barcelona, Anagrama, 2010.