La mirada náutica

Ruinas tu reino (2016) de Pablo Escoto


Por Rafael Guilhem 

La mirada náutica

Ruinas tu reino (2016) de Pablo Escoto


Por Rafael Guilhem 

 

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El poeta peruano Emilio A. Westphalen escribió: «¿Qué es más grande: el mar o la palabra con la que lo nombramos? Decimos el mar y surgen diversos mares —los vistos, los experimentados, los gozados, los sufridos—». Podemos retomar la pregunta: ¿qué es más grande: el mar o las imágenes que lo filman? Y una respuesta apresurada: la grandeza está entre ambas, no existe uno sin lo otro, es más, emerge de su tensión, que irremediablemente es un intento por mirar diferente el adagio de la modernidad: los objetos y la naturaleza, por un lado; los sujetos por el otro. La figura del marinero, en ese sentido, se encumbra como un navegante que carga a cuestas la distancia, el mareo del mar, el anhelo por la tierra, pero también la espesura del tiempo, las novelas de aventuras, las canciones, los secretos y las cartas. Todos esos son elementos que confluyen con la materia inmanente para conformar, en conjunto, eso que llamamos mar.

Ruinas tu reino (2016) de Pablo Escoto (y Salvador Amores, y Jesús Núñez) parte de todas esas ideas para insertarse como una sombra más dentro del mapa. Encuentra en sí misma, digamos, la forma de devolver al mundo un pedazo de la terra incognita a través de sus imágenes y sonidos, como si el mar se deslizara tempestuosamente al barco que filman, que no es necesariamente en el que navegan, aunque sí su fantasma. Ahí la imagen rocosa —propia de un entendimiento del cine digital que ya está en realizadores como Pedro Costa, Wang Bing o Jia Zhangke, que utilizan lo digital como un instrumento para ver mejor en vez de para «ver más rápido»— cobra distancia frente a lo que registra, con la bella anarquía del grano y los pixeles, así como las sonoridades metálicas y maquínicas que se confunden con el oleaje. ¿El movimiento de los cuerpos en navegación es el mismo de la película? ¡Desde luego! No es un menosprecio a la realidad sino su investigación: desnudar una forma y con ello encontrarla, como un acantilado frente al mar; como Robert Bresson cuyo axioma era el relevo de las formas: nunca un sonido repitiendo una imagen, nunca una imagen ilustrando un sonido, en cambio, su debilitamiento. Así Ruinas tu reino tiene la consistencia de un esbozo o cuaderno de viajes que averigua la fisionomía y ensaya la física en bruto, la materia cruda.

Los pescadores trabajan, destripan pescados, pero también duermen y miran al horizonte. Es también su trabajo: orientarse, esperar, observar. Escoto y compañía hacen lo propio: se orientan (montaje), esperan, escuchan, miran. Se ponen a la escala y ritmo de los pescadores y ahí indagan qué es estar en territorio ajeno y bajo la presencia de los demás. Una empresa que revive el Leviathan (2012) de Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel pero sin su grandilocuencia. Están mucho más cerca de la «baja intensidad» de At Sea (2007), obra de Peter Hutton que mira el mar como última frontera de la supervivencia, y quien además encuentra en los trabajadores —en los pescadores— hombres comunes que, interpolados con los personajes épicos que rondan en los imaginarios, devuelven a la lucha entre las personas y el mar una serenidad y un miedo. La conquista de Colón, bajo esta óptica, se convierte en una distancia igual de prolongada que el horizonte. El nombramiento de este «descubrimiento de América» en Ruinas tu reino aparece, junto a la referencia de Aztlán, como conceptos que rondan y dan perspectiva al naufragio del que somos testigos. Instauran un binomio (en proceso de pesquisa) entre el agua y la tierra, la turbulencia y la quietud. Hay incluso una secuencia que nos permite encallar sobre lo firme: una mujer que desde su hogar, desde lo doméstico, esculpe lo propio a través de un trance distendido cual personaje selvático de Apichatpong Weerasethakul. ¿Cómo se transforma lo «propio» en tierra o en altamar?, ¿es el barco una extensión de la tierra, un espacio soberano del ser humano, o tiende a las inclemencias de lo incierto?

Ruinas tu reino hace pasar los lugares por imágenes; las palabras, los cuerpos y los sonidos difícilmente definen sus fronteras, son factibles de reencuadrar la realidad que habitan y modificar los claros y oscuros que permiten traslucir. Paralela a la cinta La tierra aún se mueve (2017) de Pablo Chavarría, que siempre está en búsqueda de la biología que secretan las imágenes y los sonidos, la película del mexicano Pablo Escoto tiende esta biología sobre el tiempo: todo se oxida, desde el barco, hasta las playeras y las sandalias de los pescadores, sus arrugas e incluso, las imágenes mismas, que muestran una vejez, un mirador atravesado por el tiempo. ¿El mar, o la fotogenia del mar? Escoto apuesta a un híbrido; ya no la separación sino la mezcla absoluta. Tal vez podamos encontrar, como sensación final, que esta revoltura tiene el mismo semblante y la misma fuerza que las olas que azotan en el mar.