Odas a la levedad

Un asunto de familia (2018) de Hirokazu Koreeda


Por Alonso Aguilar 

Odas a la levedad

Un asunto de familia (2018) de Hirokazu Koreeda


Por Alonso Aguilar 

 

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En su afán por evocar cierta emoción, muchas veces el cine se ha dejado seducir por el espejismo de los «grandes momentos». Secuencias trepidantes, tramas complejas, y abrumadoras puestas en escena son solo algunos de los elementos que componen esta tendencia fundamentada desde un culto absoluto al incidente, ya sea narrativo o formal.

Si bien esta metodología estética puede tener su valor, presenta una dicotomía importante con el flujo errático de la cotidianidad, el cual absurdamente se descarta como «aburrido» y «anticlimático». Afortunadamente, existen autores cuya obra sirve como un tipo de homenaje a la vida real y la virtud que se encuentra en sus pequeñeces.

Se trata de mundos donde las conversaciones deambulan y no tienen que llevar a algún lugar específico. Donde las relaciones se forjan desde las acciones del día a día, y la quietud se torna sinónimo de intimidad. «Las cosas inútiles que dan placer a la vida» a las que se refería el gran Yasujiro Ozu. Esas que alimentan las situaciones intercambiables de su filmografía y cuya observación detalla los sutiles pero sentidos tejidos de sus vínculos. Esas de las que el cine de Hirokazu Koreeda es el heredero natural y que se vislumbran de manera sublime en la bella Un asunto de familia (Manbiki kazoku , 2018)

Desde mediados de la década pasada, Koreeda se ha decantado por elaborar su arte desde un rango temático definido, de donde las variaciones son coyunturales y las repeticiones y redundancias toman una dimensión rítmica. Para el japonés, el frenesí de la modernidad existe meramente como un obstáculo entre las relaciones que formamos y el potencial que ellas tienen para concebir nuestra identidad. En el caso de su reciente obra premiada con la Palma de Oro, esta misma idea se explora desde las interacciones entre individuos cuya vida entera se ha desarrollado en los márgenes de la sociedad.

La secuencia en donde se presentan los personajes ve a la cámara deambular por los pasillos de un supermercado. El desaliñado Osamu mira sigilosamente al jovencito Shota, quien en complicidad elabora una serie de intrincadas señas con las manos. Esta acción no sólo introduce la vocación de los protagonistas, sino que también alude a una trayectoria importante en cuanto a su interacción. En el cine de Koreeda, las acciones y el lenguaje se conjugan como anclaje de la narrativa.

Lo mismo sucede con la forma en que se encuadra el hogar donde los protagonistas conviven con el resto de su excéntrico clan. Composiciones claustrofóbicas y espacios saturados dan una pincelada a la difícil situación social, pero también responden a la cercanía, por necesidad, entre los personajes.

Las circunstancias en la vida de Osamu, Shota, Nobuyo, Aki, Hatsue y Yuri son diversas y específicas a cada uno, pero ante la adversidad, es entre sí que encuentran el mayor resguardo. No existe cosa alguna que les brinde el sentido de pertenencia que representa la posibilidad de una familia, aún cuando se trata de una tan poco convencional.

En esta tesis, Un asunto de familia es categórica e inequívoca. Aún en una sociedad costumbrista que le da fuerte valía a los vínculos de sangre —idea que Koreeda explora con gracia tanto en De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni naru, 2013) como en Still Walking (Aruitemo aruitemo, 2008)—, el filme enfatiza la importancia de las familias que elegimos. Esas que se moldean a partir de quienes somos y con quienes es palpable la posibilidad de crecer. Esas que no tienen expectativas o imposiciones y donde el prospecto del confort se convierte en una motivación.

Si bien el énfasis conceptual yace en el desarrollo de las relaciones intrafamiliares, el mundo en el que habitan los personajes no se limita meramente a ello. Por el contrario, la potencia dramática y la envergadura emocional de esas escenas se amplifica por la mesura con la que se trata la narrativa. Sin apresuro, y dando espacio a un envolvente serpenteo entre viñetas de cotidianidad y momentos íntimos de cada personaje, Un asunto de familia propone un complemento intrínseco entre la crudeza de la existencia y el portento ante sus bondades.

Sin caer en lo didáctico, esta dualidad queda expresa en la escena más icónica de Un asunto de familia. Se trata de un viaje a la playa cualquiera, en donde todos los miembros del clan olvidan las tribulaciones de su accidentada situación social. Por un par de horas, no existen preocupaciones que trascienden la inmediatez del instante. Shota y Osamu comparten banalidades, Yuri se maravilla por la imponente presencia del mar, y el resto de la familia se adentra a disfrutar de las olas. Como si se tratara de una memoria, la sutil musicalización y la edición pasiva retratan el suceso con un aura de añoranza; a sabiendas que su belleza yace precisamente en su naturaleza efímera.

Sin una función catalizadora o mayor incidencia en la progresión narrativa, esta escena representa un microcosmos de la convicción filosófica del filme y del cine en el que cree Koreeda. Un arte vívido en donde el humanismo rebosa de los pequeños momentos.

Así como caen en cuenta los protagonistas de Un asunto de familia, la vida sigue su rumbo y en un abrir y cerrar de ojos el frenesí de incidentes vuelve a consumir. Pero mientras se le dé un chance a la memoria de pausar y revivir esos instantes, tanto la calidez de una familia como la resonancia de una visión de mundo sentida y gentil no solo son palpables de manera entrañable, sino que se convierten en una realidad.