Rarezas y lados B

Love (2015) de Gaspar Noé


Por Héctor Rojo 

Rarezas y lados B

Love (2015) de Gaspar Noé


Por Héctor Rojo 

 

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MURPHY: Los secretos nos hacen más sabios, ¿cierto?
ELECTRA: Los secretos nos hacen más oscuros.

Love (2015), cuarto largometraje de Gaspar Noé, explora pasillos por los que caminamos regularmente sin fijarnos en los detalles; pasillos donde se multiplican cuartos que rara vez se abren, pero en los que todo el tiempo ocurren cosas que le dan un sentido a lo que hacemos. La primera escena nos pone de golpe frente a esto. Es incómoda por lo elemental de su erotismo: una masturbación y una eyaculación. Una caricia y un fluido corporal, como las lágrimas y los gritos que también correrán durante las siguientes dos horas. No podemos pasar por alto esta singularidad, hacer como si no fuera una excepción, un acto provocador. Pero, ¿la intención es mostrarnos un montón de imágenes que no solemos ver en el cine por el mero hecho de ser diferentes?

La película avanza y muestra su intención de contar una historia en toda regla, aunque el argumento no brille por su originalidad: una pareja se conoce, se enamora, sufre, goza, rompe, vuelve y rompe definitivamente. Aunque el argumento general es de lo más común, los detalles y las formas nos muestran momentos que siempre han sido excluidos de los relatos de amor. Love nos enseña lo que ocurre en la alcoba, en los baños, en los pasillos sin gente, no sesgadamente u ocultando los órganos involucrados con sábanas puestas ahí con falsedad, sino obligándonos a mirar lo que no queremos porque incomoda incluso más que la pornografía que circula a raudales de forma cotidiana. Son imágenes que ocurren en la vida de todos, aunque la mayoría nos avergonzaríamos de mostrarlo a los demás.

Love no sólo utiliza las escenas sexuales para contarnos el idilio de Electra y Murphy desde un ángulo poco usual, sino que las coloca estratégicamente con un elaborado trabajo estético de fondo. El sexo que observamos en pantalla se presenta con múltiples valores narrativos: a veces como provocación; otras, como una pintura cinética sobre lienzos llenos de color y sombras, y, la más valiosa, como ejecución dramática que da movimiento a la trama a partir de sus formas e intensidades, generando reacciones imposibles de conseguir sin sumergirnos en el sueño de Gaspar Noé.

Porque, en muchos sentidos, eso es lo que vemos, un delirio del director argentino en donde el protagonista evoca una especie de arte poética que encaja con la obra del cineasta y, particularmente, con esta película; y en donde varias escenas podrían verse como las fantasías y pesadillas de cualquier ser humano. Sin embargo, debajo de esa realidad exuberante encontramos situaciones que reflejan una psicología común. Aunque no hayamos experimentado las variaciones sexuales de los protagonistas, a todos nos son familiares sus obsesiones, sus formas de placer, sus miedos, rencores y esperanzas. Luego de ver y dejarse llevar por el planteamiento de la cinta, descubrimos que el cambio de perspectiva obedece a la consideración del sexo como mecanismo natural por el que nace, se desarrolla y muere el amor.

Es muy común descartar este tipo de películas como simples llamados al escándalo, aunque hoy pocas cosas escandalicen al público. Tomemos en cuenta que la intención primordial de la pornografía es excitar, llevarnos a un estado determinado que no podemos alcanzar por otra vía. En este sentido, la proliferación de imágenes, música y actuaciones prefabricadas para mover al llanto, a la felicidad o al miedo, utilizando una historia vacía como pretexto, tiene un valor igual al de la pornografía, aunque en lugar de cuerpos desnudos veamos naves espaciales, deportistas, superhéroes o dibujos animados. En cambio, Gaspar Noé aspira a que su narración se imponga a los constantes efectos aislados. No es fácil seguir la evolución del relato ya que, aparte de utilizar una imaginería poco usual, sus momentos más importantes se entregan de manera implícita, exigiendo que el espectador deduzca los cambios y giros de la trama. A su manera, la película escapa a los intentos de precisión interpretativa de la psicología, pues no busca develar la naturaleza de una emoción ni sus hechos comprobables, sino indagar la intensidad magnífica con que el amor hace que la vida se estremezca al mismo tiempo que la ensombrece con sus altibajos y misterios.

La película transcurre en una penumbra constante, aun en los momentos de felicidad, con una especie de fatalismo que no abandona la acción. A esta sensación abona el manejo temporal: al alterar el tiempo, como ya lo había hecho en Irreversible (2002), Noé refuerza en el espectador el sentimiento de ocaso inminente. Lo que en Irreversible era el desmoronamiento del presente a causa de lo inevitable, en Love es la ironía de que los propios deseos y las vías para satisfacerlos terminen por acorralar a los personajes.

Es en este vaivén donde el tema de lo oculto, que revolotea por todas las escenas, cobra relevancia como motivo que da ritmo y complejidad a la narración. Lo vemos en la información que comparten y reservan Electra y Murphy acerca de sus pasados, también al desnudarse y hacer de la intimidad algo cada vez más cercano. Son todas pequeñas revelaciones sistemáticas que los vinculan de distintas maneras a cada momento. Y, sin embargo, el hombre es una criatura llena de secretos. Ninguna otra especie tiene la capacidad ni la necesidad de esconder tanta información de sí misma, haciendo surgir nuevas realidades más elaboradas. Nuestros miedos y deseos provocan que, de nuestras necesidades básicas, hayan surgido a lo largo de siglos progresiones en cuya complejidad se esconde la degeneración de sus funciones originales. Por ejemplo, a partir de la necesidad primitiva de guarecernos y crear viviendas, se han creado diferentes estilos arquitectónicos; de la necesidad de alimentarnos y de hacer comestibles ciertos ingredientes, han nacido infinidad de recetas y estilos gastronómicos. El comportamiento se transforma constantemente sin que se pueda saber en qué sentido, y un impulso salvaje puede tomar caminos laberínticos en la conciencia hasta acabar transformado en un utensilio, en una obra de arte, en una pieza de colección o de adoración religiosa. El amor es uno de esos impulsos y los caminos por donde ha transitado son algunos de los más confusos pese a nuestro deseo continuo por descubrir su naturaleza.

A diario nos enfrentamos con hechos que para otros animales serían imposibles por su nivel de conciencia. Esto provoca que nuestros actos estén llenos de matices admirables o perturbadores: cuando un león mata a otro, sabemos que lo hace porque el instinto lo lleva a proteger algo necesario para su existencia o reproducción, pero la capacidad de la ciencia flaquea al intentar explicarnos por qué un criminal quema vivas a sus víctimas o por qué un joven universitario entra a su salón de clases para asesinar a tiros a sus compañeros; tampoco sabemos la interacción biológica por la que un alpinista desafía lo posible y arriesga su vida para alcanzar una nueva cumbre. La complejidad de nuestra psicología hace que estos actos de crueldad y pasión parezcan incomprensibles, delirantes, monstruosos, antinaturales o heroicos. Lo cierto es que, más allá del juicio ético al que nos enfrenta, nuestros entramados emocionales encierran secretos que, como dice Electra, nos vuelven «más oscuros» e indescifrables.

Lo que Electra y Murphy se revelan uno al otro, lo que se dicen mediante sus muestras de cariño, compañerismo, celos y apetito, o mediante la necesidad de explorar todos los ángulos de sus cuerpos, les sirve para explicarse o comprenderse. Ellos intentan descifrar lo que hay en el otro, pero no se trata de dos seres fácilmente inteligibles. Cada pieza del rompecabezas oculta infinidad de ángulos que no encajan en un modelo: «Experimentamos el mundo no sólo como si estuviera lleno de cuerpos humanos, sino también de seres que recuerdan y que olvidan, que piensan y que esperan, de villanos e inocentes, de rompedores de promesas, de amenazadores, de aliados, de enemigos».[1]En medio de infidelidades, fantasías eróticas, discusiones y miedos, los personajes intentan imaginar un futuro esperanzador, cayendo en espirales de confusión provocadas por la discordancia entre lo que están viviendo y la idea que se han formado sobre lo que es amar.

Electra y Murphy están ahí conteniendo todo el misterio de quienes se aman, esforzándose por traducirse uno al otro, mientras el espectador, desde fuera, solo es capaz de atestiguar el caos sin plantearse una respuesta. La relación de Murphy y Electra está llena luces y heridas, pero la mayor apología del amor en la película es elevarlo como agente de vitalidad, energía y creatividad. Hacia el final de la película, se muestra el día en que Murphy y Electra se conocen. Él intenta convencerla de que nada es más importante que estar enamorado. En esta curiosa manera de flirteo, el amor es defendido como un valor más allá de la muerte: «Mira, vivimos una vida. Cuando nacemos, sabemos que vamos a morir. Entonces, ¿cuál es el punto? ¿seguir luchando? ¿para qué? No hay esperanza, porque todos deberíamos suicidarnos. […] ¿Cuál es el significado de la vida?».

El discurso surte efecto y Electra elige a quien le ofrece compartir ese conjunto de emociones y experiencias que implican enamorarse. La singularidad de Love no está en el mero hecho de lo que muestra, sino en hacer de las caricias, los tríos o el sexo oral, la droga que hace volar y perderse a sus personajes. Frente al inabarcable enigma de lo que ocurre en nosotros cuando amamos, este hecho del amor es desgarradoramente simple.

Al final, mientras los recuerdos aguijonean la mente de Murphy, el sentido de la vida lo ha abandonado por completo, pese a estar con su esposa y su hijo. A este último le pide disculpas entre lágrimas por haberlo traído a una vida tan complicada; ahí están los dos, el hombre y el hijo, llorando sin saber muy bien por qué, metidos en la misma bañera en donde tiempo antes había estado con Electra. Podría estar extrañando a otra persona que lo hubiera hecho sentir ese placer desbordado, cuya evocación ahora lo sumerge en esa especie de síndrome de abstinencia, pero en ese momento lo único que podría salvarlo de ese estado es la presencia de Electra. 

La historia contada por la película no tiene fin, sino que está señalada para repetirse una y otra vez como en la mente de alguien trastornado. Si existe un desenlace para esta historia, es el de la última pareja humana contemplando cómo el tiempo ha devorado a todos sus dioses, excepto uno: ése que los mantiene unidos hasta el instante final de esa batalla que siempre estuvieron destinados a perder. 


FUENTES:
[1] Daniel Dennett, Romper el hechizo. Madrid, Katz, 2007.