La imagen punzante

Nueva Venecia (2016) de Emiliano Mazza de Luca


Por Eduardo Zepeda 

La imagen punzante

Nueva Venecia (2016) de Emiliano Mazza de Luca


Por Eduardo Zepeda 

 

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Un árbol —en realidad un tallo extremadamente tierno con unas cuantas ramas como follaje— resiste en medio de un cuerpo que se muestra inacabable, indescriptible, sinuoso. Una voz se desplaza a la velocidad del agua contenida en la ciénaga que refleja el cielo. El atardecer se muestra trémulo o palpitante al mismo tiempo que las cabañas y canoas que entran a cuadro parecen levitar sobre la superficie. Un aura extraña las envuelve, pues cada una de ellas emerge como lugares abandonados gracias a un sufrimiento frío, casi como un secreto que, al ser doloroso, prefiere ser recordado en silencio.

Pero la voz cabalga, se desplaza entre las sombras como un rayo de luz que atraviesa las profundidades misteriosas de la historia, de los siglos que fermentan los recuerdos, de la bruma que invisibiliza la cima del pico más alto de la memoria. Revela, en primera instancia, un acto fundacional, el inicio de un poblado, de su gente, de los ancestros cuyos hijos, nietos o bisnietos aún se desplazan en canoas con nombres sugerentes. En segundo lugar, nos ayuda a conocer la tragedia que los envuelve, que los arropa como un cuerpo, que los asfixia con sus múltiples tentáculos. «En la madrugada convocaron una reunión» nos comenta la voz en su camino; una reunión, es decir, una invitación a conocer las caras de los congéneres que habitan un mismo espacio, un instante para intercambiar ideas, propuestas, perspectivas, abordar lo común que acontece en el espacio compartido. Pero algo falló y lo que sugería ser un momento de encuentro fue en realidad la confrontación con lo que no tiene rostro, con lo que se escabulle, con la sombra que funciona como brazo impersonal del autoritarismo. Entonces las detonaciones antecedieron a la sangre derramada en la parroquia, a la gente que, se nos comenta, corrió escondiéndose en la espesura de la selva.

Un pueblo sobre el agua, un origen, varias generaciones, un resplandor, un balón de fútbol, una cancha inundada, una tragedia, la memoria. Porque la cicatriz persiste y es la marca de lo acontecido. Porque el poblado es naturalmente hermoso, y la cámara lo muestra, lo registra con sus reflejos y sus atardeceres, con los jóvenes pescando para ganar unos centavos. Porque la frialdad injusta de lo acontecido se envuelve por la cámara que lo comunica todo a partir de cada plano, ya sea de su movimiento o fijeza. Fricción que pulveriza el simple consumo estético de la composición de Nueva Venecia (2016) al mismo tiempo que no es corroída con el directo carácter político de su situación. Es por ello que en el filme de Emiliano Mazza de Luca se respira algo distinto que se debate entre si es puramente estética o puramente política, una especie de síntesis en donde la palabra «bello» se queda corta y se vuelve vacía en cuanto es anunciada. Porque en el filme la petrificación es sustituida por la sensación de algo que emerge, que es expulsado a la superficie: es una sensación más cercana a lo sublime.

Y la fuerza del baile lo es todo, de la música recorriendo el cuerpo que en sus adentros no conoce marginación ni tragedia que lo detenga, ni del fútbol como negocio donde la colectividad de unos cuantos representa la ambiciones de objetivos particulares; aquí no hay instrumentalización sino encuentro amistoso y festejo de la restitución comunitaria de un lugar perdido, emblemático y necesario. Aquí un partido de fútbol no es directamente competencia sino fraternidad.

Es así que en Nueva Venecia no hay solamente política ni solamente estética: su composición es una síntesis compleja que aprehende aquello que se desborda y se sitúa en ambos, pulverizando la vaciedad de lo formalmente abstracto y aislado: es una especie de imagen punzante. Es en esa síntesis, misma que no sabría describir, donde lo que nos habita emerge, nos desgarra y materializa aquello que es inexplicable y que en un acto de refundación muestra, sin idealizar, a un pueblo, su pasado, su presente, su marginación así como su memoria encarnada en las cicatrices que lo cubren. Imagen que escapa a cualquier uso descriptivo de lo que comúnmente denominados como bello y que, como desgarre, destruye todo, inexplicable, situándose más en el dinamismo de lo inestable, de lo sublime.