Necio cine (1): Antesalas

Caballerango (2018) de Juan Pablo González


Por Rodrigo Garay Ysita

Necio cine (1): Antesalas

Caballerango (2018) de Juan Pablo González


Por Rodrigo Garay Ysita

 

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Combatir la idea de fugacidad es más fácil por escrito que por otros medios. En el fílmico, por ejemplo, la cámara intenta asir cuerpos y almas demasiado veloces para sus capacidades mecánicas; lo que queda impreso en su película o en su sensor digital es una serie de huellas de aquello que pasó volando frente al lente. No es que en la lírica la lucha sea menos necia, porque las letras también están resignadas a la señalización, pero al menos pueden tomarse su tiempo. La imagen en movimiento, no olvidemos, es tan efímera como las cosas que quiere capturar.

Caballerango (2018) tiene tres escenas que presentan desde distintos ángulos ese tránsito instantáneo: una carrera de caballos, una marcha de tractor y una procesión funeraria. Con el plano fijo, todas establecen un espacio abierto durante un lapso considerable para luego atravesarlo de súbito con un cuerpo. Los caballos cruzan un terreno de derecha a izquierda tan rápidamente que son invisibles. El tractor sigue la misma trayectoria, obviamente más lento, y destruye la calma de un campo vacío. La última aparición es misteriosa y contradictoria pues, aunque el funeral llega a ocupar por más tiempo (el suficiente para distinguir los rostros y veladoras que retumban en comunión) la plaza que vimos deshabitada por unos segundos, el luto sigue estando incompleto: el pueblo de Milpillas, en Jalisco, no termina de velar a su juventud suicida. La plaza se va a quedar sola otra vez, no importa cuántas caravanas le pasen encima ni cuántas veces sean éstas filmadas.

Los espacios desocupados son antesalas de sucesos sin forma; en su normalidad, se sabe que va a ocurrir algo. Va a pasar un animal o va a pasar la muerte. Lo que la cámara no puede hacer es capturar al caballo que corre, pero puede articular el espacio donde esto está por suceder, puede acercarse a los jaliscienses en sus ranchos y viviendas, preguntarles por Nando, el ranchero que se colgó de un árbol, escuchar relatos sobre gente cercana —casi siempre joven y casi todas mujeres— que también se ha quitado la vida recientemente. La antesala está tensa por los ecos rulfianos. Quizás sea por esa clase de expectativa que existe un cine documental que busca la manera más efectiva de desahogarse (sin saber que la verdadera catarsis está en el drama y no se encuentra, se construye). Caballerango no cede ante la tentación y espera.

Su paciencia da lugar a entrevistas tridimensionales, en las que un solo elemento del retrato convencional del entrevistado (en el caso que se describe a continuación, el elemento es la carne) se puede extender en el tiempo: primero, ver a una vaca de pie en la plataforma de carga de una camioneta, despierta pero despistada, y, en cuestión de segundos, atestiguar sus últimos esfuerzos por resistir el tirón de la cuerda que le amarra las patas y la azota contra el borde del vehículo para bajarla a la tierra. En el siguiente plano, suena un cuchillo luchando contra una piel gruesa. Un remolino de sangre bovina en el piso. La secuencia termina con el entrevistado retratado en una carnicería; a un costado suyo, hay una picadora de carne en funcionamiento. Mientras él habla del suicidio de Nando, de la picadora sale un animal transformado en comida. Hasta ese momento sabemos más de esos residuos de vaca que del señor que habla; por compartir la pantalla, uno pasa a formar parte del otro y sus destinos ahora son el mismo (entonces, ya no se trata de un simple talking head, sino de un retrato más lleno, con dimensiones causales y sistemáticas entre el sujeto y los objetos que lo enmarcan en la puesta en cámara). El resto de los personajes charla con la misma soltura que el carnicero; todos parecen asumir el carácter de la antesala: esperar la muerte del vecino como se espera la del ganado que se van a cenar. 

A pesar de que detalles de este tipo apuntan a los síntomas de una dolencia más grande —una plaga de la muerte—, Caballerango no llega a hacer la fácil sugerencia de que éste es un pueblo de fantasmas o un cementerio parlante. Es un sitio que apenas alcanza a notar la vida fugaz. En dos simples planos equinos (el que abre y el que cierra la película), resume dos formas opuestas de ver la vida y, a su vez, los alcances del documental mismo. El primero deja que el caballo salga de cuadro y desaparezca, no lo vuelve a ver más. El segundo se aferra: rompe su compromiso con el plano fijo y reencuadra, pero el caballo vuelve a escaparse. ¿Cuántas veces tenemos que reacomodar la cámara para entender que aquello de lo que queremos registro va a desaparecer de todos modos? La gente de Milpillas ya dejó ir, el cine es el que todavía no sabe cómo.