Un poeta se detiene a ver algo bello

El hotel cerca del río (2018) de Hong Sang-soo


Por Rodrigo Garay Ysita 

Un poeta se detiene a ver algo bello

El hotel cerca del río (2018) de Hong Sang-soo


Por Rodrigo Garay Ysita 

 

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Un poeta. Su razón de ser podría confundirse fácilmente con la de un director de cine, un pintor o un escritor, artistas como cualquiera de los solitarios arrogantes que viven en bares y cafeterías para ver a quién seducen en las películas de Hong Sang-soo. El poeta de El hotel cerca del río no es nada de eso: es un viejo que husmea la muerte y se detiene.

El limbo es la abstracción de sitios concretos como las paradas de autobús, los elevadores o los hoteles cerca del río. Espacios para detenerse y esperar. A diferencia de cómo se filman las calles, las fiestas, las cenas de Navidad u otros tantos lugares esencialmente dinámicos, al limbo se le retrata como si no estuviera ahí porque es un escenario intercambiable. Casi no hace ruido, para que podamos aislar mejor las voces de sus habitantes. Casi no tiene color, para no distraer. La naturaleza en el cine no es lo mismo, aunque ahí también se vayan los personajes de las películas para esconderse del mundo: el bosque, el campo o la montaña suelen ser territorios trascendentes —más allá de los respectivos límites de cada quien— de los que ya no hay regreso (y, si hay, no regresa el mismo que se fue). El limbo no es más que un oasis en medio de los espacios vivos; para salir, basta con retomar la marcha. Antes de hacer precisamente eso, el viejo de El hotel cerca del río ve algo bello.

Ver, en nuestros tiempos, se ha vuelto un asunto muy enredado. Desde que existen los estructuralistas, ya no podemos tener en el encuadre a una muchacha de espaldas, por ejemplo, vestida con una gabardina negra, parada en medio de la playa en lo que parece ser la contemplación melancólica del porvenir, sin que mil índices y acotaciones le orbiten la cabeza como moscas. Para ser exactos, lo que nosotros observamos en esa escena no es solamente a la muchacha, sino al poeta viéndola desde un balcón. Gracias a la noción de intertexto que en cien años no se ha ido a ninguna parte, el poeta está mirando en esa misma persona, además, a la protagonista abandonada de Sola en la playa de noche (Bamui haebyun-eoseo honja, 2017), con su abrigo negro y triste, o a Mihye, quien también se paraba cerca del mar para aguardar al destino en List (2011). En esas dos otras mujeres de la autoría de Hong Sang-soo, a su vez, podríamos mirar a muchas otras almas desoladas de pie en la arena de cientos de obras paralelas y comparar sus traumas y relatos, juzgar sus gestos y decisiones o teorizar sobre aspectos en verdad indescifrables de su psicología. Las explicaciones sobre el misterio de esa compañera con la mirada perdida en el agua van a durar horas, van a alimentar conversaciones divertidas —hasta violentas— y a seguir llenando la mesa de vasos y botellitas vacías de soju o de cerveza.

Algo bello sería poder desentenderse de esa hipervinculación imparable. Encontrarse a la mujer de negro y a su amiga en la orilla del río desprendidas de esa cadena de recuerdos, representaciones y proyecciones. No es la imagen universal de todas las amigas de la humanidad, sino la imagen única de dos desconocidas que se ríen con la risa primigenia. Antes de ellas, no había nadie. El impacto de ver algo por primera vez dura muy poco, pero el viejo no necesita más ánimos para poder continuar su trayectoria trágica.

Un poeta se detiene a ver algo bello
por última vez. Luego anda y muere.