Puertas que no se abren

La camarista (2018) de Lila Avilés


Por Astrid García Oseguera 

Puertas que no se abren

La camarista (2018) de Lila Avilés


Por Astrid García Oseguera 

 

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No es imposible, pero sí raro, que las gaviotas decidan vivir en la copa de los árboles en lugar de asentarse en la seguridad del suelo, como lo hace la mayoría de su especie. Es un riesgo que sólo algunas de estas aves dominan, sobre todo las gaviotas de Bonaparte, las cuales habitan las masas puras de coníferas. En un relato dramatizado de la naturaleza, aquella predilección por los espacios solitarios podría deberse a que este tipo de gaviotas, al ser las más pequeñas y en apariencia más apocadas, prefieren alejarse de la aglomeración y examinar con cautela y desde lo alto a las demás de su especie.

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La soledad se disfruta. A veces, ir a contracorriente es algo placentero. Como tener en mente ciertos objetivos, lograrlos e ignorar el murmullo del rededor. Así como las gaviotas que escapan a las puntas de los árboles para observar mejor, Evelia sube hasta el piso 42 del hotel donde trabaja para mirar por la ventana y contemplar el entorno citadino, alejada del siseo cotidiano, usando ese espacio también para analizar el panorama y abstraerse, aunque sea en breves intervalos de tiempo, de sus labores interminables, las de asear las habitaciones de los huéspedes: cambiar sábanas, vaciar los cestos de basura, limpiar ventanas, poner toallas secas, sacudir las cortinas, hacer todo eso y que no se note su presencia, pero tampoco su ausencia.

Para Eve, eso no representa un problema. Se ha acostumbrado a vivir en la periferia, literal y figurativamente. Además de procurar pasar desapercibida en su trabajo, de no hacer ruido, no ensuciar, no estorbar, también reside en la periferia de una ciudad en donde están centralizadas las oportunidades laborales. Aunque en La camarista (Lila Avilés, 2018) no se haga una mención directa a esta situación y la película no gire precisamente en torno a ello, resulta significativo que el empleo de Eve esté tan lejos de su hogar y de su pequeño hijo de cuatro años. Sus modestas aspiraciones contrastan —sin caer en la vacía denuncia ni en el panfleto cinematográfico— con la opulencia y vulgar avaricia del hotel. Sin embargo, cuando éstas son recompensadas, un velado impulso parece sacarla de su refugio solitario e inspirarla a desear más, así como las gaviotas que deciden regresar al suelo y descubrir de lo que se han perdido.

Al tiempo que las ambiciones de Eve robustecen, pequeñas maravillas comienzan a colorear su cotidianidad: un vestido rojo del lost and found del hotel está a punto de serle entregado; su decisión de asistir a la escuela para adultos antes de su jornada laboral ha rendido frutos y su esfuerzo es reconocido; una huésped, que le encarga a su bebé a ratos, le ha propuesto que viaje con ella a Argentina como su niñera personal y, lo más importante de todo, está por abrirse una vacante de limpieza en su adorado piso 42, lo que representaría un ascenso para ella y un mayor ingreso para mejorar el cuidado de su hijo. Estas oportunidades propician que el caparazón de Eve comience a fracturarse, que acceda a entrar al juego de los demás, uno del que había procurado alejarse. Los silencios y las sonrisas incómodas manifestadas ante sus compañeros de trabajo o los huéspedes se convierten en breves charlas con la elevadorista, en momentos de comicidad con sus compañeras y en agudos acercamientos sexuales a un limpiavidrios curioso.

A pesar de la cautela que la caracteriza, Evelia no puede evitar bajar la guardia e ir soltando paulatinamente las acciones que la mantenían a salvo de decepciones y desaires porque, en términos estrictos, sigue siendo apenas una joven de 24 años. Esta cándida esencia es la que ciega a la chica y no le permite notar que en la vida no se posee lo que es merecido, sino lo que se obtiene a través de la manipulación y el oportunismo. No es que éstas sean prácticas deleznables, así es simplemente como funciona el mundo.

Tampoco comprende que la intimidad y la confianza no se regalan. Esta sentencia se manifiesta a través de los encuadres que poco a poco usurpan y corrompen la privacidad de Evelia; las secuencias voyeristas observan a la chica mientras ésta cree examinar con falsa sabiduría lo que está a su alrededor. La cámara no sólo la acompaña al baño, sino que se mete con ella al escusado, la observa en la vulnerabilidad mientras lee traviesamente un libro donde una gaviota, al igual que ella, se convence de que puede volar alto, alto y lejos. Ni Eve ni Juan Salvador Gaviota saben todavía que entre mayor sea la emancipación de la realidad, mayor será el golpe al volver a ella. 

Quizá sobra decir que la camarista no consigue el ascenso, que no emigra a Argentina ni tiene la oportunidad de probarse el vestido rojo o de terminar el curso escolar. Se permitió entregarse a fantasías e ilusiones que terminaron por quebrar su burbuja y, con ella, un pedacito de su entereza. Pero Evelia, así como las gaviotas, tiene la oportunidad de subir al punto más alto, respirar profundo hasta que ya no entre más oxígeno, bajar nuevamente con la misma —o quizá más— dignidad con la que escaló y pasearse por el suelo para seguir averiguando, desmenuzando y calculando el terreno por si alguna vez decide volver a lo más alto a embriagarse de adrenalina y juguetear con la idea de saltar.