Cartografía de la finitud

Monrovia, Indiana (2018) de Frederick Wiseman


Jul 23, 2019

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Los documentales de Frederick Wiseman se han sucedido con el mismo ímpetu con el que se desenvuelve la historia de Estados Unidos desde hace cincuenta años: su filmografía es la consciencia clara y lúcida de la vida social de un pueblo, de un territorio y de una idea fundacional para una nación caracterizada por ser la suma improbable de gentes disímiles que emigraron desde todo el globo: la participación. La transparencia que imbuyen sus películas no surge de un objetivismo frío, sino de constatar algo simple: al acercarse directamente a los otros, Wiseman confirma que él y aquellos (y el espectador) comparten la misma realidad. Al evidenciar la inmanencia de su posición como testigo en las circunstancias que filma, se pone al mismo nivel que los lazos sociales que retrata. Dejándose atravesar por lo social, puede documentar su verdad (que es subjetiva y objetiva a la vez, puesto que hay una selección y omisión de temas que se articula desde la relatividad del interés individual, pero que atiende lo propiamente social que dicho interés presupone). Por ello, no es descabellado afirmar que este director sólo filma el lugar social que lo ocupa y que abre su finitud al mundo.

Su más reciente película, Monrovia, Indiana (2018), sigue estos pasos. El cuadro que presenta de la pequeña población que da nombre al filme se vale de series de planos con la brevedad suficiente para que el fuera de campo no pese demasiado sobre ellos. Así se impide que la variedad geografía se hinche de tiempo y se vuelva demasiado densa para recorrerla con agilidad. Hay una deriva de paisajes marcada por los espacios abiertos, la omnipresente luz solar (con excepción de dos o tres planos, el resto registra las horas del día) y el verdor de los campos. Luego, las imágenes entran a los edificios para registrar las actividades de sus habitantes. Salen de ellos sin mayor premura, casi con despreocupación. Ni siquiera las discusiones más elaboradas (cuando la junta local debate cuestiones de crecimiento y distribución poblacional) concentran demasiada intensidad. Los conflictos que suscitan reuniones versan sobre cuestiones prácticas (si se deben donar una o dos bancas a la biblioteca o cómo hay que restablecer el flujo de agua en los hidrantes, por ejemplo) que no se sienten demasiado divisivas. Los eventos rituales (ferias, bodas, celebraciones) reafirman la unión de sus miembros. Monrovia no aparece como una comunidad que hace del conflicto social una parte constitutiva de su ser. El espíritu que nutre a la población tiene confianza en sus tradiciones, en sus ciclos, en sus valores, en su mismidad.

Lo único que cimbra esta continuidad de la vida interna de Monrovia es la muerte, que tiene una presencia constante. Wiseman nos muestra en varias ocasiones las lápidas del camposanto local, que el azul del cielo cobija. Muchos personajes que interesan al filme son ancianos y el final del filme se ocupa del funeral de una residente. El pastor que oficia la ceremonia declama un discurso poderoso y conmovedor sobre la naturaleza de la muerte y el valor de la vida. Después de que aparecen los familiares del difunto lamentando la pérdida, el último plano encuadra el montículo que ha dejado el entierro en el cementerio: bajo la tranquilidad del cielo y el calor del sol, el ser humano encuentra su última morada. La tierra que alimenta a los vivos (la película comienza con planos fijos de campos de cultivo) es el seno donde los muertos reposan. Monrovia vence a la muerte al incluirla como el fin natural de un ciclo que comienza con la tierra y en ella concluye.

El discurso del pastor dura el tiempo suficiente para transmitir su emoción. La inmovilidad del plano es casi completa, por lo que el fuera de campo acumula un peso notable que se satisface cuando vemos a los asistentes llorar. Esta articulación dramática es la película abrazando la fuerza del evento que registra. Es difícil evadir por completo la idea de que Wiseman no se reconoce en este ritual funerario que tanto sentido dona a la muerte y que la despoja del absurdo: después del plano final del montículo en el camposanto, hay un breve corte a negro y luego aparece el nombre del director en los créditos. Que un individuo de ochenta y ocho años filme de esta manera la muerte de otra persona y la estela vital que deja en los que la sobreviven y que además la aproxime a su propio nombre es un recordatorio de que nuestra finitud es algo que se comparte, y sólo gracias a ello los otros pueden ocupar el lugar que les corresponde en la comunidad que nos abarca. La vitalidad de una comunidad es dejar espacio (asumir la finitud propia) para que los otros participen.

Además del rigor y la piedad con las que toma parte en la vida de Monrovia, hay que destacar la valentía política del documental. Ir a un escenario que muchas consciencias progresistas y bien pensantes descalificarían de antemano por representar valores políticos opuestos a los propios para encontrar el valor de la vida en comunidad es muestra de una voluntad verdaderamente democrática e igualitaria. Asumir con humildad los límites propios es el primer paso para adentrarse al mundo del otro y reconocerlo en uno mismo, es decir, para hacer patente el lazo social que une a pesar de las diferencias. Algún día quizá no muy lejano, nos faltará Wiseman para recordarnos el valor y la belleza que esto trae consigo. Entonces tendremos que encontrar nuevas formas de participar y conservar el valor de su mirada, que con tanto ahínco nos descubrió la realidad.

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