La lengua en la tundra

Un día en la vida de Noah Piugattuk (2019) de Zacharias Kunuk


Feb 24, 2020

TAMAÑO DE LETRA:

En la mayor parte de las casi dos horas de duración de Un día en la vida de Noah Piugattuk (One Day in the Life of Noah Piugattuk, 2019), cubren una conversación entre un Noah, líder de una comunidad inuk, y un emisario del gobierno, quien intenta convencerlo de abandonar la tundra para habitar uno de los asentamientos que el gobierno ha dispuesto para ellos con el fin de garantizar que los niños de la comunidad vayan a una escuela convencional. Debido a que ni Noah ni el emisor conocen el idioma del otro, sus frases son traducidas por un acompañante del emisario, un hombre inuk que ya vive en el asentamiento y sabe algo de inglés. Cada frase se repite dos veces o se desdobla, pues en ocasiones el traductor no transmite la idea literal sino una figuración hecha a partir de su propia participación en las circunstancias. La conversación sucede en un círculo conformado por Noah, dos hombres inuk, el traductor y el emisario, pero el triángulo principal, casi en todo momento cubierto por el encuadre, consiste en Noah a la izquierda, el emisario a la derecha y el traductor en medio. Cada uno habla cuando le corresponde y, mientras lo hace, los otros dos lo miran o se miran entre ellos. Es un intercambio sencillo y paciente pero cautivador.

La actitud de cada uno de los personajes aflora y se modula entre las suposiciones, la frustración, la ambigüedad, la sospecha y los malentendidos. La suma corrección del estilo se permite una espontaneidad que no arruina la concentración del largo diálogo, cuyo esquematismo, aunque tajante, soporta una dinámica donde la interacción adquiere una cualidad material de gestos capaces de dar cuenta de los personajes y del problema al que se enfrentan. Este esquematismo es redimido por un bellísimo, aunque agridulce, plano final que disuelve la rigidez en la presencia real de una armonía cuyo valor revive la enorme dimensión de aquello que Noah defendió con tanto ahínco durante el encuentro con el emisario.

La actuación combina momentos muy flexibles donde parece que los actores se mueven con libertad y otros donde insisten en el peso de sus caracterizaciones. Entre unos y otros se crea un ambiente de dilatación que regresa siempre a los mismos puntos y conflictos, los cuales desde su planteamiento se suponen irresolubles. El emisario canadiense a quien durante la charla casi no se filma de frente, pues la cámara apunta a Noah, es rígido, directo, se impulsa ciegamente e insiste en su pregunta: ¿quieren ir a vivir a los asentamientos para recibir dinero del gobierno y mandar a los niños a la escuela? Noah contesta de muchas maneras, pero nunca dice sí o no, que es la clase de respuesta demandada por el emisario. Da rodeos, cuenta anécdotas y chistes. El emisario se percata del carácter tangencial de las proclamaciones y también adopta estrategias laterales: apela a la emotividad y a descubrir los sentimientos ocultos en sus frases. El diálogo se vuelve un intercambio de alusiones donde el doble sentido muestra la gran contradicción en que todos se hayan. Se nota lo parcial de una lengua y se pone en cuestión la capacidad de un diálogo real y justo entre individuos que pertenecen a mundos diferentes. Sin embargo, también hay una clara consciencia del poder que atraviesa dichos juegos verbales y que determina, en última instancia, su resultado. La lengua de la cultura, llena de alusiones, trampas, desvíos y metáforas, aunque rica y reveladora, se somete finalmente al lenguaje del poder, uno frío, claro y directo, que comanda en vez de preguntar y amenaza en vez de distraer. El paso de un lenguaje a otro por ambas partes, si es que al segundo se le puede llamar siquiera lenguaje, resume con mucha elocuencia, valga la contradicción, que el poder triunfa siempre ahí donde la comprensión mutua por la lengua se ha vuelto imposible.

El escenario es una masa de hielo que se extiende desde los pies de los personajes hasta el infinito en todas direcciones. Semejante homogeneidad carece de las referencias habituales que constituyen un escenario y reparten a los componentes del mismo. Las únicas referencias para determinar un lugar son las personas y los enseres que llevan consigo. A diferencia de los inmuebles, que son referencias más bien absolutas del espacio, no hay puntos fijos en la vida nómada: las personas van de un lado a otro, cargan cajas, desplazan a los perros, arrastran los trineos. Todo se mueve. A pesar de habitar un plano uniforme, el espacio del campamento siempre es relativo. Y la cámara captura esto. No encierra a sus sujetos en un encuadre fijo, frontal. Los registra en perspectiva, priman las líneas diagonales que asumen una dirección y sugieren un movimiento. La aridez que domina la planicie de la tundra se convierte así en un paisaje vivo, creado por las personas que la habitan y la recorren. Por ello, aunque vence el poder que el emisario representa, en cada segundo que lleva a su triunfo, su tentativa (la cual asume que la vida en un asentamiento con cabañas y escuelas es sin duda mejor que vivir en un desierto de hielo) es desmentida por la realidad física de Noah y su comunidad. La capacidad de mostrar cómo los inuk viven y crean su propio mundo sin recurrir a explicaciones sobre su cosmología, costumbres o historia, guardando así cierto hermetismo simbólico que constituye lo propio inalienable, es una virtud destacada.

La cámara siempre sigue de cerca a Noah y lo que conocemos de su comunidad aparece mediado por él. Esto recubre a su figura de un gran sentido de responsabilidad y liderazgo que la simetría de la película desentraña en dos escenas paralelas donde lo vemos guiar los trineos antes y después del encuentro con el emisario del gobierno. En ambos planos la perspectiva es muy semejante y lo registrado también (incluida un llamativa acción que consiste en que los pasajeros del trineo, sucesivamente, se bajan de él y corren a su lado por un momento antes de volver a subir para, supongo, aligerar el peso de la carga y mantener una mejor velocidad). Noah, quien ocupa el centro de gravedad del encuadre, es dos hombres. Al principio se deleita al ver a los más jóvenes correr y hace comentarios jocosos sobre su vitalidad de juventud perdida. Al final, su expresión cifra todo el peso de la amenaza que el emisario trajo consigo y la amargura de Noah es tal que entendemos el peso que carga sobre sus hombros.

Hay mucho de la vida inuk que se intuye ajeno: durante el diálogo, buena parte de las reacciones no son del todo claras. Por los malentendidos que se captan en los subtítulos, suponemos que alguien dice algo que no puede transmitirse fielmente en la traducción. Ello no impide que se contagie cierto sentido de la pesadumbre, la burla, la ira o la indignación. Incluso el emisario del gobierno se ríe de chistes que no entiende. El sentido de dicha risa es, por supuesto, equivocado, o al menos ambiguo, pero la risa es real y dice algo sobre la situación que el contenido lingüístico no podría. El hermetismo de las palabras, natural ante el contacto con una cultura ajena, al verse en un rostro, en un gesto o en una personalidad, asume una forma de contacto misteriosa: vemos lo que no entendemos y sin embargo reaccionamos ante ello. ¿Qué hay en mí que responde al otro, no a sus palabras sino a sus imágenes? Dicho afecto es reflexivo: vemos la distancia que nos separa de ellos y análogamente intuimos la que extrañeza con la que otros nos verían. El cine aparece entonces como una interpelación que anula la claridad simbólica del lenguaje pero esclarece el sentido de ver al otro y verse a uno mismo. Esta claridad, por supuesto, no es nominal ni metafórica. Es un acto de presencia.

TAMAÑO DE LETRA:

 

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