Existimos porque comemos

Las margaritas (1966) de Vera Chytilová

TAMAÑO DE LETRA:

This film is dedicated to all those whose sole source of indignation is a trampled-on trifle.
Vera Chytilová

«Ella tiene miedo a engordar», dice una joven de cabello corto y corona de flores sobre su hermana, otra joven con el cabello oscuro recogido en coletas. Ambas comen, comen, comen. El hombre que las acompaña, mucho mayor que ellas, las observa con sorpresa y disgusto. «¿Por qué no comes?», le pregunta la joven de cabello corto, antes de devorar un pastelito. El mesero le trae otro, ella lo parte con un tenedor, le da una mordida y le pregunta al acompañante si está a dieta, antes de interrumpirlo para decir que ella no podría soportarlo. Él responde que no le gustan las cosas dulces y ella, con la boca llena, declara: «Amo la comida». Termina su bocado, le traen otro plato, suspira, le da hipo. La otra chica come un pastelito. La del cabello corto declara: «Amo comer, es delicioso». El hombre las mira, desconcertado.

Era 1966. El culto a la delgadez aún no se instalaba en la cultura occidental, pero ya existían muchos recursos para vigilar la forma en la que, como mujeres, comemos. Desde pequeñas nos instruyen a que sí, debes comer, es importante, pero hay formas «correctas» e «incorrectas» de hacerlo, y tu valor como persona recae en qué tan delgada eres,[1] tal y como se compartió a través de #MiPrimeraDieta en 2018. Una de las primeras formas de autocontrol que aprendemos es medir nuestra autoestima de acuerdo con la figura y peso del cuerpo; gracias al hashtag, se puede aseverar que empezamos a controlar nuestra ingesta de alimentos y a preocuparnos por nuestra figura desde niñas.[2]

Las margaritas (Sedmikrásky, 1966), de la directora checa Vera Chytilová, comienza con dos adolescentes, ambas llamadas María, declarando que el mundo no tiene sentido y, por tanto, ellas tampoco. A partir de esa decisión, las Marías gastan bromas pesadas y provocan caos a su alrededor. Su compromiso es un hambre voraz: no importa si están en elegantes restaurantes, en su departamento o en el campo, devoran todo lo que encuentran. La estructura narrativa por episodios y la dinámica edición de las secuencias nos dan mucho espacio de interpretación: la primera vez que la vi, la entendí como un manifiesto feminista sobre la anarquía; ahora, encontré una deliciosa oda a ser mujer y ejercer el derecho a comer y disfrutarlo.

A 55 años del estreno de Las margaritas, es impresionante ver a dos jóvenes comer tanto. Son pocas las instancias en las que eso ocurre en pantalla. Al ver repetidamente a otras mujeres comer poco, internalizamos que así deberíamos comportarnos en la mesa; las pocas veces que hay escenas memorables de mujeres comiendo —por ejemplo, la secuencia del pay en Historia de fantasmas (A Ghost Story, David Lowery, 2017)—, son presentadas como anomalías. Asimismo, el cuidado de los alimentos y evitar su desperdicio es algo que se nos inculca desde chicas: nos instruyen que la comida y su ingesta es algo que debe controlarse. Las protagonistas de Las margaritas rompen esas normas sociales devorando todo lo que se encuentran.

También desafían el statu quo al adoptar y reinterpretar un estilo de vida anárquico, ya que no siguen las reglas del Estado ni de ninguna ley del hombre. La dirección de Chytilová reta al Estado con el uso del sonido de trompetas, redobles de tambor y botas marchando, imágenes de bombas cayendo y un ritmo repetitivo en ciertas secuencias, mientras se rebela ante las expectativas de cómo debería ser una película. Al igual que sus contemporáneos de la llamada nueva ola checoslovaca, Chytilová usó al cine como medio para explorar narrativas nuevas con un humor absurdista que hacía fuertes críticas a las condiciones políticas y sociales de su país. De cierta forma, la directora pagó por la infinidad de platos que sus Marías rompieron: Las margaritas fue vetada por el gobierno checo por «desperdiciar comida».[4]

En privado, las Marías cuestionan sus acciones y cómo son percibidas; se comparan con fruta, preguntándose si están «frescas» o «podridas». Es a través de su relación con la comida que reafirman su existencia y presencia, repitiendo preguntas que cruzan nuestras mentes al pensar en alimentos y nuestros cuerpos: ¿somos lo que comemos? ¿Existimos porque comemos o es al revés?

La respuesta la podríamos encontrar en una secuencia clave: en un maizal, las Marías notan a un granjero acompañado por un perro. Llaman al perro y son ignoradas. Comen un elote mientras caminan con los brazos repletos de maíz. Un grupo de ciclistas pasa a su alrededor. María, la del cabello corto, se queja: «¡Nadie nos presta atención!». Al aire, se preguntan si algo les hace falta. Ahora están en un río y, subiendo a un bote, María se pregunta de nuevo por qué el granjero no las notó. Su tocaya, con una zanahoria en mano, reflexiona qué hacen ahí. María repite su cuestionamiento y muerde otra zanahoria. La segunda María descarta la pregunta, dando una respuesta vital: «somos jóvenes y tenemos toda nuestra vida por delante». Las jóvenes ríen en el bote. María repite su preocupación de haber desaparecido porque ni el granjero ni los ciclistas las notaron. Su duda las lleva a preguntas existenciales: por qué el río existe, por qué tienen frío. De regreso en el pueblo, notan que el camino está cubierto por sus mazorcas mordisqueadas. «Ahí está: sí existimos». Alegres, marchan repitiendo: «¡Existimos! ¡Existimos!», con el redoble de un tambor. Una serie de candados cerrados y fruta podrida sigue su paso.

*Este texto fue escrito como parte del seminario de crítica de cine del Centro Cultural de España en México y Correspondencias.

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • 14_Sanctorum_04
  • 18_MS Slavic 7_03
  • 11_Pajaros de verano_02
  • 02_El silencio es un cuerpo que cae_02
  • 16_24Frames_03

NOTAS Y REFERENCIAS:

[1] Hay una amplia discusión sobre el uso de ser y estar al momento de describir a una persona, sobre todo en relación a su peso y figura. «Ella es delgada» es una descripción e implica que su identidad está intrínsecamente ligada a su figura, mientras que con el verbo estar se reconoce que el peso fluctúa y no define su identidad. Para esta oración, que delinea la percepción social externa, uso el verbo ser porque eso es lo que se nos exige.

[2] Redacción, «#MiPrimeraDieta: un reflejo de la compleja relación con nuestros cuerpos» en Malvestida, 2018. {Revisado en línea por última vez el 24 de octubre de 2020}.

[3] Ronald Bergan, «Vera Chytilová obituary» en The Guardian, Reino Unido, 2014. {Revisado en línea por última vez el 24 de octubre de 2020}.