La descolonización del western

Pájaros de verano (2018) de Cristina Gallego y Ciro Guerra


Nov 3, 2020

TAMAÑO DE LETRA:

Si hay familia, hay prestigio.
Si hay prestigio, hay honor.
Si hay honor, hay palabra.
Si hay palabra, hay paz.

Úrsula Pushaina

Corre el viento sobre los troncos ya secos de los árboles, se escucha al polvo bailando entre las ráfagas de viento y un rebaño pasta en el desierto. Un hombre cuida a sus cabras mientras su garganta emana un lamento lleno de melancolía, un jaayechi. Los sentires de la Tierra, como dicen los wayú, hacen eco en cada instrumento tradicional que utilizan y también en sus voces. El ontoroyoi es el primer sonido que retumba en los oídos de los espectadores de Pájaros de verano (Cristina Gallego y Ciro Guerra, 2018). Su tono agudo acompaña los pasos en la travesía de Rapayet (Rafa), quien busca recuperar su prestigio casándose con Zaida del clan Pushaina. El uso de instrumentos tradicionales funciona como recordatorio de que la historia se cuenta en un lenguaje distinto, el wayuúnaiki. Es la palabra wayú que juega como un personaje adicional a la película y se encarna en Peregrino el Palabrero, tío de Rafa.

Lo que en un inicio parece un retrato etnográfico de uno de los cinco pueblos que habitan La Guajira evoluciona para convertirse en un western que narra cómo el tráfico de drogas hacia Estados Unidos se abrió paso en una zona indígena de Colombia en el periodo conocido como «la bonanza marimbera». La historia inicia cuando Úrsula, la matriarca del clan Pushaina, da a conocer la dote para casarse con su hija: cien chivos, veinte reses, cinco collares, dos de ellos de tumas[1] de la Sierra, cinco armas y dos mulas de adorno. En medio de la desazón de no poder conseguirla, Rafa aprovecha la cercanía con los cuerpos de paz para ofrecerles marihuana, lo que rápidamente se convierte en un negocio prolífero. Al lado de su amigo Moisés, un alijuna,[2] comienza una alianza que le concede la mano de Zaida y el prestigio que siempre quiso.

Debo confesar que esta idea de clasificar Pájaros de verano como western viene de la desolación y violencia que asocio con el desierto, la inclemencia del clima, la vegetación destruida por el sol, las grandes extensiones de dunas y un pueblo que resiste a la modernidad aún a finales del siglo XX. La película no retrata una lucha contra la construcción de vías de tren o de hombres montados a caballo robando un banco, es la historia de una parte de América donde la narrativa convencional del western no se ajusta porque ninguna de las naciones indígenas ha salido triunfante de un enfrentamiento que comenzó en 1492. Por otro lado, también encontramos elementos del cine de gángsters: Rafa es ambicioso y trabaja duro, pero eso no es suficiente para ser respetado en la comunidad, su relación con el crimen organizado eventualmente destruye a toda su familia y la venganza consume a su comunidad. Desde mi posición como indígena y espectadora, no hay cabida para este filme en ningún género, pues los transgrede con frecuencia para conectar la ola de violencia con la pérdida del tejido social y la identidad propia.

Durante una negociación, Moisés asesina a tres clientes estadounidenses. Esto provoca que Peregrino y Úrsula aconsejen dejarlo fuera del negocio. Lleno de coraje, Moisés cobra venganza asesinando a varios miembros de la familia de Aníbal, primo y proveedor de Rafa. Estas escenas de violencia no son excesivas, contrario a lo que esperaríamos por las influencias de Martin Scorsese: vemos los cuerpos, pero no sus asesinatos. Rafa yace sentado ante los asesinados por Moisés, esperando a que lleguen las mujeres que poseen el derecho wayú de llorar y tocar a los muertos. Lo que sobresale es el dolor por la pérdida, tanto de la vida como de la familia. La distinción de la humanidad por encima del conflicto no solo es enternecedora, consigue guiarnos a lo largo de las consecuencias del narcotráfico: ya no se trata de asesinatos múltiples y armas, sino de la lucha interna por conservar vivos a los nuestros. Para los wayú, la familia es primero, sin embargo, al negociar con alijunas se mezclan códigos morales totalmente distintos, donde el honor y la palabra no lo son todo. Donde la ambición no tiene límites. Así, la alianza entre los Pushaina y Moisés termina con el asesinato de este a manos de Rafa. A partir de entonces, el espíritu de Moisés le acompaña en forma de garza.

Esa dimensión onírica se nos presenta como realismo mágico, característico de la literatura colombiana. La proximidad de los wayú con los sueños es tanta que estos son utilizados como oráculos para prevenir la tragedia.[3] Zaida le cuenta a su madre que ha soñado con su difunta abuela: la mujer camina en el desierto con un cordero sangrante y frente a ella están dos hombres con la cabeza cubierta. Úrsula, que sabe hablar con los sueños, advierte que algo debe resolverse y los muertos volverán para ajustar cuentas. Quienes habitamos territorios indígenas asimilamos al misticismo como parte de nuestra vida, creemos en espíritus que nos visitan, consideramos que los pájaros rojos son un mal agüero, vivimos en la frontera de la modernidad y la tradición.

Durante el rito de la danza Yonna donde se festeja el fin del encierro de Zaida, quien abre sus brazos envuelta en una tela roja mientras espera el sonido del kasha,[4] vemos a la comunidad de mujeres detrás de ella. En los funerales y rituales, la sensibilidad de las wayú destaca ante la impasividad, casi indiferencia, de los hombres. En esta dicotomía entre el mundo femenino y el masculino, la intuición nunca se muestra válida ante el juicio de los hombres, y es eso lo que deviene en la destrucción del clan Pushaina. La alusión al trabajo de las mujeres en la preservación de la tradición me es familiar. Vengo de un lugar no muy distinto a La Guajira; como pueblo Hñähñu, es común alejarse de la tradición para buscar una vida mejor. Acá también somos nosotras quienes recordamos la importancia de permanecer en el tiempo, de conectar con nuestros ancestros y seguir la tradición oral para trascender a un modelo económico al que no le convenimos.

Regresando al cine de gángsters, los retratos de la vida familiar que se muestran en la película rompen con la tradición del género. Ya no se trata de un protagonista que triunfa y muere, tampoco es solo su familia siciliana la que afrontará la violencia de sus negocios: se trata de la historia de comunidades enteras azotadas por la delincuencia. Recuerdo salir del cine y pensar que nuestras luchas sí pueden ser retratadas con respeto. Que una película colombiana se haya arriesgado a reinventar y adecuar el género rompe con la hegemonía en la representación del narcotráfico y es una luz para aquellos que queremos contar historias desde nuestras realidades.

*Este texto fue escrito como parte del seminario de crítica de cine del Centro Cultural de España en México y Correspondencias.

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • 14_Sanctorum_04
  • 18_MS Slavic 7_03
  • 02_El silencio es un cuerpo que cae_02
  • 16_24Frames_03
  • 08_Cuervos_02

NOTAS Y REFERENCIAS:

[1] Piedras preciosas de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia.

[2] Extranjero o mestizo.

[3] Michel Perrin, Los practicantes del sueño: el chamanismo wayuu, Venezuela, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1995.

[4] Tambor wayú.