Vivimos tiempos difíciles (1/2)

El perro que no calla (2021) de Ana Katz


Feb 8, 2021

TAMAÑO DE LETRA:

1. «Estaba segura de que ibas a ser escritor»


Pero tiene toda la pinta de diseñador gráfico. El pelo medio desaliñado, la barbita. Los tenis. Sebastián se ve como un buen tipo, y como buen tipo va a aprender a adaptarse. A perdurar. El perro que no calla (Ana Katz, 2021) es una película para agarrar ganas y perdurar, que ya van varios años que decimos «Vivimos tiempos difíciles» y las cosas solo cambian para asustarnos más.

Y las cosas no hacen más que cambiar para Sebastián. Nada es fijo y nada se detiene. Su tiempo se escurre entre escena y escena desde el momento en que los vecinos le hacen una emboscada con toda la amabilidad de su corazón para exigirle que ya haga algo por el amor de Dios. La perra de Sebastián, explican, no para de chillar cuando él se va al trabajo, y ellos están visiblemente afectados (uno rompe en llanto conmovido por la tristeza del animal). Sebastián resuelve llevando a su mascota al trabajo y esto resulta todavía peor.

El ultimátum suena absurdo, pero define exactamente a Sebastián y a El perro que no calla: te llevas a ese perro de aquí o te quedas sin trabajo. Por solidaridad con Sebastián, no voy a llamarle sentido común a aquello que empujaría a la mayoría de nosotros a conservar nuestro empleo sin pensarlo; se llame como se llame, él no lo tiene. Para él no es opción abandonar a un animal que depende de su cuidado. Un paradigma de ser humano al revés de las demandas de nuestros tiempos: cuidar en lugar de cuidarse.

2. «Ponele un poquito de edulcorante»


Hasta las derrotas más desoladoras o las catástrofes más extrañas pueden dar risa si se observan desde el ángulo correcto. El ángulo hilarante. ¿Cuál es? ¿En dónde está? ¿Cómo lo alcanzo cuando lo necesito? El perro que no calla sabe, lo identifica como un espacio liminar entre la impotencia y la perplejidad que provoca el descarrilamiento moral del mundo. Si uno no cede ante el enojo o la represalia, aparece: una risa que no se busca con el anzuelo de set-up y punchline, sino que se le permite asomarse como un ratón en una casa oscura y sin ruido. Quedarse muy callado y esperar para que salga la risa de su madriguera.

La sencillez de la imagen y los silencios incómodos catalizan uno de esos ángulos hilarantes en la oficina de la jefa de Sebastián. Después de romper el hielo con trivialidades, ella le dice específicamente, en su respectivo plano medio, que no se puede traer el perro a trabajar; otra compañera de trabajo le hace segunda. Dicen que no es el lugar adecuado y entonces el plano cambia a uno más abierto para abarcar a los tres personajes y, por supuesto, al animal parado a los pies de Sebastián, oyendo todo. Él, como si no entendiera que se refieren a no traerlo nunca más, les propone fechas y horarios, alternativas. No, no, creo que no estás entendiendo. La jefa empieza a plantear las desastrosas consecuencias que desencadenaría un perro en la oficina: es el principio del caos. Lo que dicen suena gracioso por el tiempo y el ritmo en el que lo dicen, pero ningún personaje está exagerando gestos, enunciación o diálogo. Cada quien habla como tú, si tuvieras que despedir a alguien, o como yo, si tuviera que defender a mi mascota. Quizás si viéramos la conversación desde un solo lado, no daría tanta gracia, porque ni despedir ni ser despedido es cosa de risa.

Y el fin del mundo tampoco. Un día, de pronto, cayó algo del cielo y el aire a más de metro y medio de altura se volvió sofocante. Para sobrevivir, la gente empezó a caminar agachada.

3. «Ellos nacieron con el mundo así»


Se ha puesto tanta atención sobre la secuencia del meteorito y las burbujas de oxígeno en el material promocional de la película (y no he leído una sola nota o crítica de Sundance o Róterdam que no la describa como premonitoria de la crisis del COVID-19) que sentí un curioso alivio cuando la secuencia llegó y se fue. Hubo problemas antes de la plaga, habrá problemas después. Los personajes siguen viviendo como si unos meses o años antes no se hubieran arrastrado por el piso de una clínica para evitar una infección alienígena. Esto sí es premonitorio, pensé, pero de lo que viene después de la pandemia. Un día nos vamos a acordar del encierro y los cubrebocas y, si tuvimos suerte, nos va a dar un poco de risa. El pánico se nos acaba.

Así se termina todo fuera de la diégesis. Por mucho blanco y negro, humor absurdista o ciencia ficción, El perro que no calla es realismo fortuito. La puesta en escena de un mundo mínimo, del microcosmos, de las realidades parpadeantes entre uno, cinco, diez años. Las vidas de los amigos de Forastero (Lucía Ferreyra, 2013) si hubieran crecido y tuvieran que aprender a cambiar pañales en un Buenos Aires que nace y muere en la misma viñeta para convertirse en otra diferente unos minutos después.

La única constante es Sebastián, si bien un poco cambiado después de ser padre, pero prácticamente el mismo. Se veía como diseñador gráfico, pero no era un diseñador gráfico. Ni enfermero, granjero, verdulero o profesor, a pesar de que trabaja de todo eso a lo largo del filme. Sebastián es un tipo que atiende al momento con parsimonia, que anda paso a paso con lo que puede para mecerse con la marea del tiempo en lugar de morir ahogado. Un buen tipo, vaya.

TAMAÑO DE LETRA:

 

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