La vanidad del iluminado

Elmer Gantry (1960) de Richard Brooks


Ago 23, 2021

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La institucionalización de la espiritualidad ha sido una de las herramientas más efectivas de la humanidad para tener dominio político, control ideológico y una fuente abundante de recursos económicos. El espectro de religiones es sumamente amplio, no solo por sus geografías, sino por las ramificaciones y escisiones dentro de las mismas. Las religiones perduran porque hay una constante búsqueda de los creyentes que nos hace preguntar: ¿qué haríamos si fuéramos testigos de un milagro? ¿Estamos preparados para ver al Mar Rojo abrirse, reconocer la piedra filosofal, alcanzar el nirvana en esta vida o para que Dios nos responda en la oración?

Elmer Gantry es una película de 1960 dirigida por Richard Brooks y es la adaptación de la novela homónima de 1927 de Sinclair Lewis. El punto de partida del trabajo de Brooks es precisamente Elmer Gantry, un vendedor de electrodomésticos itinerante que sabe utilizar su encanto, ingenio lúdico, habilidad retórica y conocimiento teológico —mezclados con whisky, hielos y agua mineral— para mantener conversaciones con amigos, tener encuentros sexuales y encontrar trabajo en lugares imposibles. Las virtudes de Hermes, Scheherezade y Jafar bajo la turbulencia cínica de un teólogo expulsado, pobre y vagabundo.

El deambular de Gantry lo lleva a conocer a Sharon Falconer, una evangelista también itinerante y, sabremos después, salida también del barro. Podríamos decir que Gantry queda embelesado con la belleza de Falconer y tal vez con su retórica —menos cínica, pero igual de efectiva que la de él—. Sin embargo, parece que más bien toma las primeras negativas de Falconer como un reto: busca conquistar su cuerpo. A su vez, ella busca conquistar el mundo cosmopolita con la palabra de Dios e Israel busca conquistar la tierra prometida, incluso a costa de los palestinos; esto sin mencionar la necesidad de Estados Unidos —herederos protestantes, creadores del Destino manifiesto y la Doctrina Monroe— de que toda conquista implique la violencia bélica.

Gantry sabe que en la palabra se sostiene la creencia, y su retórica está tan afilada como la lanza en el brazo de un romano. El exteólogo sabe que el dinero se multiplica como peces en la institución religiosa, y que tiene gustos finos, mucha hambre y ganas de impresionar a Falconer. La envoltura no importa, no importan las falacias o la moralina maniquea, beligerante y llena de culpa; lo que importa es manipular la necesidad de las personas por encontrar un guía, la búsqueda desesperada por respuestas y pertenencia. Gantry conoce el barro, sus modos y sus códigos, y los usa sin miramientos para hacer crecer la figura de Falconer y, por supuesto, su cuenta bancaria. La experiencia y formación de Gantry lo han llevado a reconocer que la oración no es suficiente, que se necesita el espectáculo para llegar a más gente, para conmoverlos o, más bien, manipularlos. En un mundo sin Kong y sin Godzilla, sin streaming, sin construcciones del mercado como la Superliga europea; en el mundo de Iowa de 1960, sin estímulos audiovisuales perpetuos y barrocos, se deben construir las narrativas dramáticas, el morbo, la catarsis y el espectáculo en las carpas, en la calle, en las iglesias y en los sermones. ¿De qué sirve presenciar el amor de Dios si nadie más lo ve y, mucho peor, si nadie más lo puede comprar?

En el exitoso negocio de la pareja evangélica están presentes dos figuras cruciales: el periodista Jim Lefferts y Lulu Bains (una exnovia de Gantry, ahora trabajadora sexual). Lefferts es un agudo periodista que construye las crónicas de los sermones de la pareja que juega en el equipo de Dios. Su crónica pasa por un fino tamiz que cuestiona las acciones evangelizadoras: ¿son una iglesia, una religión?, «¿un número de circo de fenómenos de feria, magia y arenga para la turba?». Turba que busca una salvación instantánea, una redención de sus pecados en cinco minutos. El contacto con los elegidos permite el acceso directo a la gracia, a la redención; ¿para qué jugar la fase de grupos si se puede llegar directo a la final? El crítico más agudo se mantiene en un suelo ético que no abandona incluso en la debacle de la agraciada pareja; es el único que pone la cara, el cuerpo, la solidaridad y el pensamiento en el momento más oscuro de Gantry y Falconer.

En uno de los pasajes en los que Gantry se siente la herramienta de Dios, instiga al pueblo y a la policía a cerrar los burdeles —acompañado por supuesto de los dueños mojigatos que en público son los primeros en alabar los diez mandamientos a gritos y en privado son los propietarios de lugares donde se explota el cuerpo que no es suyo—. Lulu es encarcelada en esa redada y, después de quedar libre, busca vengarse de Gantry. La venganza de Lulu evidencia, de alguna forma, el cinismo, las falacias y el negocio de Gantry. El día que acude a ver de frente el castigo del embaucador, el día en que se invierten los mitos y Gantry bien podría ser María Magdalena, ese día Lulu sabe que su praxis no la llevó a su satisfacción, tranquilidad ni reconciliación. Por ello, después de retractarse en el periódico de Lefferts, la pareja recupera la credibilidad que nunca tuvo.

Y aquí Brooks lleva las plegarias al éxtasis: Falconer cura a un sordo con su rezo. Sí, cura a un sordo con su rezo. ¿Quién está preparado para ver de frente esa experiencia? ¿Para llevar esa responsabilidad? ¿Quién puede ser una herramienta de Dios y cargar con ese destino? ¿Has escuchado a Dios? ¿Has hablado con él? ¿Te ha respondido? Citando a Lefferts: «¿Qué te da derecho de hablar por Dios?». ¿Hay un costo por el milagro? Si es el caso, ¿cuál es ese costo? Brooks lo tiene claro: la locura.

En este salmo in crescendo, Brooks no se guarda nada y construye la poderosa secuencia del incendio del tabernáculo de Falconer, la destrucción de su primer amor, el templo del evangelicalismo que no paga impuestos y no da cuenta de las donaciones. Pareciera que Como plaga de langosta (The Day of the Locust, John Schlesinger, 1975) es una relectura del trabajo de Brooks, solo que fuera de la religión institucionalizada y enfocada en la sociedad-espectáculo en su expresión, sin miramientos. Su última secuencia, en la que permanece la misma ira y la misma rabia, es un espejo que nos mira o, más bien, en el que nos miramos.

El episodio de empresario evangelista termina para Gantry y pareciera que el encuentro con Lulu lo llevó a una dimensión en la que su discurso tomó cuerpo, en la que su palabra dejó de ser cascarón. «Al hombre le viene bien ponerse de rodillas de vez en cuando», dice Gantry, y tal vez solo aquellos que han alcanzado la humillación saben reconocerse a sí mismos en la miseria, en su propio cuerpo que, de tan líquido, parece que nunca termina de disolverse. Tal vez, si en algún momento uno logra volver a unirse, volver a encontrar sus límites, volver a ponerse de pie, la humildad no solo será conceptual, sino praxis.

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