Todo lo que vive, vibra

Tríptico elemental de España (1955-1960-1961) de José Val del Omar


Abr 7, 2022

TAMAÑO DE LETRA:

Somos vida y velo,
eternidad y espejo,
sed de tiempo

Detrás de tus ojos, José Val del Omar

Mi encuentro con la obra de José Val del Omar hace ya unos cuantos años fue fortuito y, aún así —o quizás por eso—, profundamente revelador: enfrentarme a sus películas supuso cambiar todo lo que entendía que era el cine hasta ese momento y los vínculos que podía entablar con este arte. Su práctica desborda cualquier límite que pretenda encasillarla, sin importar el momento en el que la descubramos o la volvamos a visitar.

Con el Tríptico elemental de España, Val del Omar hizo un esfuerzo en adaptarse a la industria que tanto aborrecía para unir, al final de su carrera, sus tres trabajos elementales en una sola proyección con la duración convencional de una sesión cinematográfica. Un recorrido de norte a sur por España y los tres elementos —tierra, fuego y agua— que sería completado por una cuarta pieza titulada Ojala para darle un nuevo sentido a las obras anteriores. El proyecto no se pudo terminar: la muerte de Val del Omar interrumpió el montaje de Acariño galaico (de barro) y dejó sin hacer Ojala.

Partiendo de la consideración de que este es, por tanto, un trabajo en proceso que no podemos experimentar como el artista hubiese querido —mucho menos si lo vemos a través de una pequeña pantalla y sin un buen sistema de sonido—, tiendo una invitación a dejarnos atravesar por el cine en toda su esencia: volver a confiar en las múltiples posibilidades de la alquimia fotoquímica, mecánica y electrónica; adentrarnos en una alucinación poética; darnos la libertad de ser afectadas por un torrente de imágenes y sonidos de manera incontrolable, imprevisible.

Empezaremos en orden inverso a la cronología de las películas, tal y como se supone que Val del Omar había considerado para la proyección del Tríptico, de acuerdo a sus anotaciones y manuscritos.

Que tengas buen camino,

Tierra gallega


Escarbar con la cámara de Val del Omar es toparse con las profundas raíces de lo español: el folclor, los símbolos, los edificios y rituales religiosos, los habitantes rurales, el paisaje, los animales. Las esculturas de un joven Arturo Baltar cubierto de barro seco, como una estatua viviente más, nos acompañan durante la primera parte de nuestro viaje. La arquitectura de la Catedral de Santiago, la gaita y el pandero nos conducen entre cantos, campanas, desconcertantes estruendos y sonidos de la naturaleza por el constante devenir entre la vida y la muerte. El elemento tierra aparece aquí relacionado con el agua y el fuego, por ende, con sus trabajos anteriores.

El cinemista explora el infinito potencial de la imagen en movimiento para llevarnos a un estado casi de trance, sirviéndose para ello de imágenes en negativo y positivo, efectos de luces y sombras, la táctil-visión, distorsiones ópticas y juegos de zoom.

Me son familiares los paisajes brumosos, los acantilados, los cruceiros, los incendios en el monte, las procesiones, los abrazos al apóstol, las referencias a Rosalía de Castro. Y sin embargo es inevitable sentir extrañeza y fascinación ante su peculiar manera de trabajar con el universo simbólico y el imaginario cultural gallego.

Ojos humanos y no humanos nos observan desde las sombras. Nos rendimos ante las texturas y volúmenes del barro, de la piedra, de los rostros, prácticamente palpables. Los gritos y disparos de Antonio Tejero en su intento de Golpe de Estado en 1981 irrumpen para cerrar violentamente la película.

Fuego castellano


Como en una alucinación en blanco y negro —o un flashback a mi infancia, donde me reencuentro con una virgen sin dedos en la casa natal de mi madre—, las esculturas de Alonso Berruguete y Juan de Juni en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid cobran vida en Fuego en Castilla. «La visión táctil es un lenguaje pulsatorio elevador de la sensación palpitante de todo lo que vive y vibra», escribiría el mismo Val del Omar. El objetivo: «expresar con la luz la sensación táctil que producen cuando los tocamos: la reacción».[1]

En esta cinegrafía, las técnicas se perfeccionan hasta el punto de descubrirme hipnotizada por las luces parpadeantes con patrones geométricos y botánicos, inmersa en las aceleraciones, distorsiones y superposiciones. El sonido, más que acompañar, suma nuevas dimensiones y capas.

El tiempo se detiene y quedo suspendida en la imagen de tres máscaras flotando en el agua sobre juncos y otras plantas. En las llamas elevándose al pie de una cruz de piedra. «El que ama arde y el que arde vuela a la velocidad de la luz. Porque amar es ser lo que se ama». Estas palabras y unas flores a color me devuelven poco a poco a una realidad más cálida y reconfortante.

Agua andaluza


El líquido elemental, origen de la vida y fuente de purificación, articula la primera película que realiza Val del Omar después de su participación en las Misiones Pedagógicas durante la Segunda República Española. Aguaespejo granadino está filmada en su ciudad natal; entramos en contacto con su gente y su cultura, que preserva el fascinante legado árabe. La arquitectura de la Alhambra y el Generalife, sus fuentes, surtidores, canales y desagües despliegan un catálogo de la ingeniería hidráulica de la civilización andalusí.

Fluyen las imágenes líquidas, fluye la luz, fluye el tiempo y fluye la vida en movimientos cíclicos: ascenso-descenso-ascenso.

Con su técnica del sonido diafónico, Val del Omar registró más de quinientos sonidos diferentes en Granada. El agua también es la protagonista en este sentido, junto con los cantos populares llenos de ruidos, distorsiones, desplazamientos, ecos, reverberaciones, variaciones de intensidad, aceleraciones o retardos. Al igual que el sonido, la imagen también se distorsiona, se tiñe, se retarda, se acelera, se detiene.

«Misterio es que la leche brote generosa, misterio es que el sol levante a la hierba, misterio es que se levante el agua», escuchamos de la voz del narrador. Todo está vivo y todo vibra a nuestro alrededor.

Cierra la película un «Sin fin» con grafía arabizante que nos recuerda lo infinita y eterna que es la obra de Val del Omar, en la que los significados son ilimitados e incontables los universos que se despliegan de la experiencia. El cine, como la alquimia, transmuta nuestra realidad en constante construcción.[2]

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • El poder del perro
  • Adios al lenguaje-2
  • Noticias de casa
  • Los espigadores y la espigadora
  • La mano

NOTAS Y REFERENCIAS:
[1] José Val del Omar, De las actas del VII Congresso Internazionale della Tecnica Cinematográfica, Turín, 1955.
[2] Otras fuentes esenciales para la investigación de este texto fueron: a) Elena Duque (ed.), Val del Omar. Más allá de la órbita terrestre, Buenos Aires, Buenos Aires Festival de Cine Independiente, 2015 y b) Víctor Herreruela Ruiz, La correlación entre los elementos técnicos y los elementos expresivos en la obra de José Val del Omar: análisis fílmico del Tríptico elemental de España, Madrid, 2014.