Armar un barco

Vida a bordo (2018) de Emiliano Mazza de Luca


Por Rodrigo Garay Ysita

Armar un barco

Vida a bordo (2018) de Emiliano Mazza de Luca


Por Rodrigo Garay Ysita

 

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Regresa el barco cuya identidad es, paradójicamente, no tener identidad: el de Teseo, el que volvió de Creta con los maderos y los remos todos cambiados para volver locos a los filósofos desde entonces. Pieza por pieza, su cuerpo se reconstruyó y se tornó en otro; se seguía llamando igual, pero no era el mismo. En Vida a bordo (2018), de Emiliano Mazza de Luca, se construye un barco con planos, no con maderos, pero quizás ha venido cambiando y dejando otras formas atrás como el de los griegos (y aquí vamos a hablar de tres de ellas).

La nave en cuestión se llama Explorador y es uruguaya. Si antes se hubiera llamado FV Athena y hubiera sido estadounidense, su construcción se habría realizado a base de GoPros escurridizas con intenciones «etnográficas». Su película se llamaría Leviathan (Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel, 2012). Para llegar a ser lo que vemos en Vida a bordo, tuvieron que haber cambiado muchas cosas; principalmente, un punto de vista. Las dos versiones parten de planos aparentemente arbitrarios, desprovistos de argumento, pero el documental de Castaing-Taylor y Paravel articula una perspectiva omnisciente y sobrehumana: los movimientos de cámara están a merced de la red de los pescadores o del vaivén del mar y los pocos emplazamientos no parecen estar en función de nada en particular. Son los mil ojos del FV Athena. En el Explorador, por el contrario, hay indicios constantes de la mirada del tripulante, aunque no haya drama ni protagonistas. Ya sea por la horizontalidad de surcar la selva de izquierda a derecha o por los travellings en pasillos y escaleras al nivel del ojo humano, la presencia que se sugiere es personal. El barco existe porque alguien viaja en él.

Si hay navegante, por supuesto, hay una historia que contar. Ya que se cambió el madero de la perspectiva, ahora hay que cambiar el de la ficción velada. Ruinas tu reino (Pablo Escoto, 2016) ensayó otra imagen del hombre en altamar, cuyo egocentrismo innato le trajo reflexiones ineludibles (es decir, el ser humano termina por necesitar su representación en pantalla aunque esté hablando de otra cosa): sea recuerdo, cuento, metáfora o pesadilla, la dramatización de una mujer que espera sola en la tierra desplaza al retrato marítimo en la segunda parte del filme. En la reconstrucción de Uruguay, el esbozo narrativo también tiene que ver con alguien que se quedó en casa. Un hijo y un padre marinero se extrañan mutuamente y sus pensamientos se entrelazan en forma de olas y letras. El hijo escribe, el padre lee. El hijo sueña al padre que navega.

Última comparación: Vida a bordo es At Sea (2007), de Peter Hutton, si ésta hubiese decidido romper su silencio y ponerse a cantar. La perspectiva artificial que organiza esta serie de planos está reflejada en el lento crescendo de la banda sonora, que sí incluye sonidos de ambiente, pero que cada vez hace más evidente que estos están discriminados y distorsionados para volverse musicales: en el cuarto de máquinas solamente suena un soplo, fuerte y agitado como el jadeo de un cansancio colosal, y su ritmo va siguiendo la pauta del ruido de los charcos espumosos o el de las grúas de secuencias anteriores. El ruido termina por convertirse en música al mismo tiempo que la imagen se dispara completamente hacia la sublimación del Explorador en una secuencia caleidoscópica que dobla y desdobla varios dibujos infantiles. El hijo sueña al padre que navega y el navío que se había armado poco a poco con cada cuidadoso plano documental, queda desintegrado en unos segundos. Su esencia: un barco de acuarelas, todos los barcos.